Humor terrorista

Humor terrorista

El humor y el terrorismo no terminan de entenderse. Definir el humor es muy complicado, como hacerlo del amor. Pittigrilli, sobrevolando con su humor, sí se atrevió a definir el amor: «El amor es un beso, dos besos, tres besos, cuatro besos, tres besos, dos besos, un beso»… Y Jardiel, que de humor sabía, sentenció que pretender dar en la diana con la descripción del humor es tan difícil como clavar a una mariposa con un poste de telégrafos. En el fondo, el humor es la sublimación del sentido común, aunque también alcance su riqueza los ámbitos opuestos del surrealismo y el absurdo. Hay un humor blanco, un humor ácido, un humor de azufre, un negro humor de muerte, un humor para tontos y un humor sutil y sonriente. No existe el humor terrorista, porque la sangre, el dolor, la tragedia, el crimen y la cobardía no tienen sitio en los lugares del humor, por burdo y procaz que éste sea. En España, el humor está mal visto porque no somos un pueblo con humor. Nos puede el dogmatismo. Nuestro humorista más grande murió en la miseria. Se llamaba Miguel de Cervantes. Y nuestros grandes satíricos han sido siempre víctimas de persecución, cárcel, multas y demás lindezas. Quevedo, Villamediana, Villergas, Manuel del Palacio… Aquí sólo se valora lo triste, lo falsamente trascendental, lo aburrido. Hay un esnobismo,muy de izquierdas, siempre predispuesto a convertir la vida en un tostón. Un gran humorista, genial dibujante, proveniente de la izquierda más dura de su tiempo, Chumy Chúmez, lo explicaba a la perfección. Si eres de izquierdas estás obligado a darle un sentido reivindicativo a las cosas más sencillas y naturales. Y contaba lo del prefornicio políticamente correcto. El tío en la cama leyendo «El País», y ella, que al quitarse las bragas comenta: «Estoy muy preocupada con el tema palestino». Muy de izquierdas.

La diputada proetarra de Amaiur –proetarra y Amaiur es pleonasmo-, Maite Ariztegui, no ha estado graciosa ni afortunada cuando, refiriéndose a las exigencias de que la ETA entregue las armas, ha establecido una comparación con dos grandes personajes del humor. «Sólo conozco un caso en que las armas se entregan, así sin más en un descampado, y fue en Astérix y Obélix». Estoy seguro de que a Uderzo, el dibujante, y al genial Goscinny, el creador de las ideas y los textos de Asterix, les habría preocupado sobremanera saber que una partidaria del terrorismo más brutal fuera lectora de sus joyas más universales. Y más aún, que las pusiera como ejemplo para justificar el mantenimiento de las armas por parte de los terroristas.

Astérix y Obélix han consolado, con toda seguridad, la infinita tristeza de centenares de niños huérfanos por culpa de los amigos de Maite Ariztegui. Es muy probable, que una buena parte de los más de veinte niños asesinados por la ETA, en la víspera de su muerte, recibieran al sueño leyendo las aventuras de Astérix y Obélix. En las ruinas humeantes y sangradas de las casas-cuartel de la Guardia Civil despedazadas por la ETA, había con toda seguridad, ejemplares de Astérix y Obélix. Que venga esta indeseable a hacerse la graciosa con Astérix y Obélix como justificación de su miseria y perversidad, se me antoja insoportable.

Astérix y Obélix nacieron para hacer el bien, para ayudarnos a sonreír desde la mirada y la lectura. No tiene derecho esa presumible mujer a pronunciar sus nombres ni en broma. Que se ría de su familia.

Alfonso Ussía/la razon.es

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