Ellos nunca nos fallan

Por: Juan Arias

En Araçatuba, a 527 kilómetros de São Paulo, en Brasil, la gente de la ciudad recuerda estos días la película “Hachiko, a Dog´s Story”, inspirada en la historia real del perro del profesor fallecido Hidesaburo Ueno, que después de su muerte en 1925, siguió esperándole en la estación de tren hasta la muerte.

Labrador (2)
En esta ciudad brasileña, dos labradores, Max y Lua, están repitiendo la historia del perro de la película. El amo de los dos labradores se ahogó días atrás en el lago de la localidad, y desde entonces sus dos perros fieles, esos que “nunca fallan”, corren todos los días al lugar de la tragedia en busca de su amo.

Juntos nadan en círculo en las aguas donde perdió la vida Luis Almeida, de 48 años. Ellos nunca se habían atrevido a meter sus patas en aquella agua del lago, pero desde que su amo desapareció perdieron el miedo y “ahora bucean en ellas buscándole desesperadamente”, cuenta, Analiette, la viuda de Luis.

“En la orilla del lago, donde mi marido fue socorrido aunque en vano, Max y Lua estuvieron días husmeándolo todo”, explica.

Irreductibles en su búsqueda, casi sin comer, tuvieron que ser retirados del lago por consejo de los veterinarios por miedo a que pudieran enfermar.

Cada historia de fidelidad de nuestros amigos caninos, se revela como un espejo en el que mirarnos cuando advertimos que el mundo que nos rodea considera esa virtud de la fidelidad a la amistad, como algo obsoleto, muy poco posmoderno.

Lago de AraçatubaAl mismo tiempo, historias así nos tocan dentro, porque lo que todos deseariamos, al final, es contar con alguien del que podamos decir, “él, o ella, no me falla nunca”. O cuando resuena como aldabonazo en nuestra alma aquello de “Nosotros no os abandonaríamos”.

Y aunque a algunos de mis lectores no le agraden demasiado estas historias de nuestros hermanos los animales, maestros tantas veces de amor desinteresado, he querido igualmente traer hoy a este blog la historia emocionante de los dos labradores brasileños.

Los años me han ido enseñando que los animales pueden ser tantas veces nuestros mejores maestros. Sabemos aún muy poco de ellos. Yo, personalmente, me sorprendo cada vez con algunas de sus historias.

Esta mañana he sido testigo de una de ellas. En mi paseo matutino de dos horas, encontré una manada de perros callejeros a los que una mujer, por la mañana les da algo de comer.

Estaba a tres kilómetros de mi casa. Uno de ellos, que tendría unos seis meses, se me acercó. Como no les tengo miedo, le puse mi mano y él me la mordisqueó sin hacerme daño.

Me volví a casa y vi que el callejero me seguía. Cambié de camino para ver si se volvía. Continuó siguiéndome los tres kilómetros. Cuando estaba ya llegando de vuelta de mi paseo, me preocupé de que pudiera querer entrar. De repente, a unos cien metros de la puerta de casa, salió corriendo. Fue un alivio, pues pensé que se había vuelto. Mi sorpresa, sin embargo, fue que cuando doblé la esquina minutos después, me lo encontré, sentado en la puerta de casa donde jamás me había visto entrar. Me estaba esperando.

Me gustaría que algún veterinario, que lea este post me explique cómo el callejero pudo saber que aquella era mi casa, si ni yo lo conocí antes ni él a mi y menos conocía donde vivía.

Francamente, la zoología es una ciencia interesante, que deberíamos enseñar más a nuestros hijos y nietos.

Labrador en la lagunaLa tristeza de Max

http://blogs.elpais.com/vientos-de-brasil

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