Al fondo de la ratonera (IV)

Al fondo de la ratonera (IV)

Es probable que lo que hace irresistible a una mujer sea lo que nosotros suponemos de ella sin necesidad de saber mucho, como cuando de un hotel nos atraen el ir y venir de los taxis, las banderas sin identificar y lo que sucede en su puerta giratoria. También puede ocurrir que ese atractivo tenga su origen en su personalidad real y en su aspecto físico al mezclarse con nuestra imaginación. Las mujeres fatales del cine son el resultado de mezclar en las dosis adecuadas la belleza de la actriz, la intensidad de la luz y la fértil imaginación del guionista. La fascinación de la mujer irresistible aumenta al decrecer la luz, del mismo modo que al apagar la lámpara incuba la mente voluble del hombre el instinto sexual y el deseo de delinquir. Lo que es seguro es que hay mujeres cuya fuerza persuasiva es un misterio que se complica al indagar en él. A mí me gustaron siempre las que son persuasivas para la seducción y demoledoras para el placer, sin importarme los desperfectos que pudiera sufrir por culpa de perder la voluntad y convertirme en su rehén. He sentido el regusto de compartir su piel y su alma a cambio de soportar como un idiota el monto de sus facturas y el peso de sus maletas, entregado sin condiciones a la rigidez de su voluntad y al vaivén de sus caprichos, incluso a sabiendas de que en la biografía de una mujer como ella un tipo como yo sólo podría ser esa parte de la letra pequeña en la que cae siempre la jodida mancha de café. No importa que la historia salga mal y que de su melena recuerdes sólo el suave portazo amarillo. Lo que cuenta es el emocionante riesgo de haberla compartido, como si cayeses al agua y la única posibilidad de no morir fuese agarrarte, con una mezcla de lucidez y desesperación, al caimán que te acecha.

Josè Luis Alvite/larazon.es

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