Yo te cielo

Yo te cielo

Niño mío, niño lindo, niño de mis ojos, Dieguito:

El mundo ha asolado mi lugar en esta pinche vida. De veras. Estoy desconsolada.

Tu niña chicuititita quiere decirte que la casa no es nada sin ti. Me valen los líos con enaguas. Tú y yo nos queremos harto, a pesar de las aventuras sin número (tuyas y mías).

Te escribo porque no tengo a nadie más para quejarme de las chingaderas que hacen con mi persona y obra. Sabes que la vida vale bolillo sin ti. Sabes que lo nuestro es pintar y amarnos. Sabes que esos cabrones están exhibiendo mis vestidos que dejaste bajo llave en nuestra casa de Coyoacán. No entiendo ni madres de los porqués. Ahora resulta que me vestía de piñata para sacarle partido a un cuerpo roto. Hijos de la chingada.

Yo, ya sabes, estoy igual de flaca y achacosa, dada al catre, amputada. Pero esto me tiene chirriando de muina. La noticia me cayó como cuando me entregaron las radiografías de mi columna, deshecha. Imagínate: hicieron un contrato con Vogue para que la casa de diseño mostrara sus inspiraciones sobre mis vestidos —que son, los más, de la cultura indígena—. ¡Los exhiben junto a los míos! Nuestra Casa Azul de Coyoacán convertida en pasarela europea.

Amor de todos los corazones: tu compañera alegre y fuerte está como agua para chocolate. Ningún son de paz me apacigua. He sido la más antigua ocultadora de mi cuerpo y se atreven a desnudarme sin importarles el ruido que orada mi corazón. El morbo enardece las almas de los que van a ver mis vestidos, no lo que pinté con mis propias manos y esperan en las paredes para ser contemplados. ¡Ingratos tiempos modernos!

No sé de dónde demonios sacaron que me vestía de tehuana para ocultar mis deformidades. Vivir con alas rotas. Bastaría con ver cómo me dibujaba en mi diario, con el color del veneno. Consumirme en la droga para no sufrir los dolores del cuerpo. El venado herido que soy debería al menos hacerles pensar que su osadía es un crimen expuesto a los que no tienen compasión del prójimo. Teatrito de mentiras de esos curadores que no entienden nada de heridas. Donde el arte fue mi intento para volar sin pies.

Esa gente no tiene jeta, Dieguito. Esa gente vive de mí. Ni me quieren ni entienden el arte. Ni siquiera distinguen la sensibilidad con que Graciela Iturbide fotografió el baño que conocía mis deformidades.

Yo te cielo, Diego.

Tu Fisita.

PD: tú me detienes.

Braulio Peralta/mileniodiario

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