Twitter con excomunión

Por: Juan Arias

Cardenales en la Capilla Sixtina
La amenaza la ha  hecho conocer el Vaticano
: será condenado con la pena máxima de la excomunión, el cardenal que fuera tentado de llevar al cónclave, escondido entre la seda de su hábito púrpura, un móvil con el que pudiera anunciar el nombramiento del nuevo papa a través de un Twitter, antes de lafumata bianca de la chimenea de la Capilla Sixtina.

Desde hace 742 años, los fieles de Roma han siempre conocido que un nuevo papa ha sido elegido, a través del humo blanco que aparece en lo alto de la pequeña chimenea cilíndrica de la capilla Sixtina.

Asistí varias veces en la plaza de San Pedro a ese momento mágico. De desconsuelo de los miles de fieles y curiosos allí reunidos, cuando la fumata es negra, que significa que la votación ha sido negativa. De júbilo, cuando la pequeña hebra de humo blanco empieza a revolotear sobre lo alto de los Palacios Vaticanos.

Todo empezó en 1271 con el papa Gregorio X. Entonces a las papeletas quemadas se les añadía heno húmido. Hoy ambas fumatas se obtienen con activos químicos.

La Iglesia en pleno siglo XXI, no quiere renunciar a esa halo de misterio que concede a la elección de un papa el suspense del humo vaticano. Hasta amenaza con la excomunión al cardenal cibernético que osara substituir con un Twitter la fumata bianca con sabor medieval.

Fumata_bianca
Todo lo relativo a la elección de un papa sigue llevándose a cabo con los ritos medievales del secretismo más oscuro
. Los cardenales en la práctica están impedidos de hacer campaña o de presentar un programa de gobierno para la Iglesia en caso de ser elegido uno de ellos obispo de Roma.

Es cierto que la elección de un papa es lo más lejano a una elección política.Y también es cierto que en el siglo XXI esa votación se va a celebrar una vez más con el rito medieval del secreto, sin luz y taquígrafos.

En el cónclave que eligió a Benedicto XVI, el entonces cardenal Ratzinger, prefecto de la Congregación de la fe, impidió a los cardenales hablar con la prensa, algo que, en la edad moderna, siempre había sido permitido.

Habría que preguntarse también qué problema habría en que algunos cardenales presentaran su candidatura al papado proponiendo las reformas concretas que podría llevar a cabo.

Los otros cardenales sabrían así mejor lo que piensan sus colegas y valorar sus puntos de vista. Esa forma de humildad que les impide presentar una candidatura, choca con la ambición secreta de todo cardenal de llegar a vestir la sotana blanca del papa, como alguno de ellos ha confesado.

Según  han revelado algunos cardenales, ellos llegan al cónclave “sin un candidato de consenso”. Cada uno se guarda en el secreto del corazón a su candidato y no lo revela a nadie. Y es sólo ya en la clausura de la capilla Sixtina, con las primeras votaciones, cuando empieza a levantarse el velo de las preferencias de cada cardenal.

Es cierto que existen algunos grupos de presión para conquistar votos, pero nunca son explícitos. Se llevan a cabo en la sombra.

Nadie tiene el coraje de presentar en público una candidatura. Los cardenales con mayor experiencia saben sin embargo lo importante que es el que su candidato aparezca enseguida en las primeras votaciones con un buen puñado de votos ya que eso acaba condicionando a los indecisos.
Ello hace que en el cónclave los votos acaben desparramándose.

Ese secretismo que rodea todo el andamiaje sobre el que se rige el cónclave, es lo más lejano no sólo a la mentalidad moderna, sino a los mismos preceptos evangélicos, ya que la figura del que debería ser el fundador del cristianismo,Jesús de Nazaret, era el anti- secreto por excelencia.

Cardenales entrando en el cónclave
Pedía, en efecto, que sus ideas se gritaran desde los tejados. Hablaba siempre en público, en la calle o en la sinagoga y allí discutía con fariseos y sacerdotes, con doctores de la ley y con prostitutas. Nunca tuvo secretos.

Se habla de lo que un nuevo papa podría cambiar en la Iglesia. Son cientos de cosas, pero quizás lo primero sería una ley de transparencia, un punto final a ese secretismo antievánglico. Debería comenzar por cambiar toda la forma de la elección del papa, desde los votantes, abriendo la posibilidad a otras personas calificadas de la Iglesia aunque no sean eclesiásticas y celebrar la elección a puertas abiertas, con los papables sin miedo de declarar lo que harían o dejarían de hacer si llegasen a sentarse en la cátedra de Pedro.

Esa ley de transparencia, que hoy intentan imponer hasta los gobiernos del mundo, sería además importante para que los cristianos no tuvieran que pasar tantas veces por el bochorno de descubrir los bajos fondos de la mundanidad de la Iglesia, como los de sus finanzas y enjuagues en los paraisos fiscales, sus entramados con la mafia o sus escándalos de pederastia por la prensa.

Si la Iglesia fuese más transparente, más a la luz del sol, quizás serían más difíciles esas tramas de la Curia, esas traiciones ocultas, esas presiones por la ocupación del poder que han llevado, al aparecer al papa a renunciar a su misión.

Si la Iglesia fuese menos medieval, quizás hoy los cristianos sabrían, sin necesidad de conjeturas, cuales han sido los reales motivos por los que un papa se ha visto costreñido a salir de escena. No lo saben del todo.

Los cardenales tendrán que nombrar a su sucesor, acogiéndose sólo a sus biografías, sin conocer a fondo lo que piensa cada uno.

Eso explicaría porque prácticamente en los últimos 60 años, cada cónclave ha sido una sorpresa.

Ese misterio y secretismo alimenta la curiosidad y facilita el mundo de los rumores más que de las noticias. Todo ello puede ser hasta interesante, por lo misterioso y anacrónico, aunque no parece lo más evangélico.

Benedicto_envia-tweet

http://blogs.elpais.com/vientos-de-brasil

Deja un comentario