Talento y carnicería

Talento y carnicería

No es justo que para juzgar a alguien se le haga reo del aspecto de su rostro, porque las facciones de una persona pueden representar su pésima conciencia, un revés sentimental o, simplemente, ser el reflejo de una mala digestión. Tampoco hay que concluir que el enriquecimiento de una persona sea el resultado de su talento y descartar que se deba a un golpe de suerte o la consecuencia de su capacidad para sacarle provecho a cierta tenacidad para delinquir. Alguien podría alegar que Luis Bárcenas ha empleado en la acumulación de sus 22 millones de euros el talento que yo ni siquiera tendría para el esfuerzo de gastarlos. El aspecto de su cabeza no permite grandes elucubraciones. Se trata de una cabeza proporcionada y contundente que cuadra armoniosamente con el porte compacto de un estibador portuario abrigado con uno de esos gabanes a los que, en la penumbra del ateneo, un poeta con astigmatismo podría preguntarle la hora y darle conversación. ¿Es la de Bárcenas la apariencia del talento? Yo no lo sé, claro, de modo que dudo si la suya es una cabeza cuyo valor se puede medir por un experto en inteligencia o tendría mas sentido que su precio lo tasase a ojo el carnicero. Hay cabezas que parecen concebidas para pensar y otras que sin duda cobran más sentido empleadas para embestir. No es desde luego el caso de Ana Mato, que tiene una cabeza discreta y un rostro puerperal, como aterido de dolor, en el que llama la atención ese color cereal que uno no sabría decir si es la consecuencia de una vida de preocupaciones o se trata sólo del resultado cosmético que se conseguiría al extender sobre la cara el paté de un maquillaje elaborado con la cera de los oídos. Pero nadie es culpable de su rostro. Al Capone habría sido un hijo de perra aunque llevase sobre los hombros la cabeza confitada de Shirley Temple.

Josè Luis Alvite/larazon.es

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