Relojes atrasados

Relojes atrasados

Cada vez que pienso en la irremediable caída del régimen castrista, supongo que supondrá también el desmoronamiento de esa vida provinciana y sencilla de los cubanos, el desperdicio de una manera lenta y placentera de existir en un mundo sin objetivos y sin prisas en el que importa poco lo que pueda tardar el progreso o los veinte minutos que cada cuarto de hora atrasen los relojes. No hay en el progreso material una sola conquista que no comporte el sacrificio de algo hermoso, como ocurrirá en Cuba cuando desaparezcan de sus calles esos viejos coches americanos reparados durante décadas gracias a la simple ferretería o con las herramientas del zapatero. Se malogrará también el regusto de hacer las cosas por el puro placer de hacerlas, sin que interfiera en ello el deber de conseguir que, además de hermosas, sean rentables. ¿Será tal vez que la libertad es tentadora hasta que deja de ser una esperanza para convertirse sin remedio en una horrible decepción? ¿Y si resulta que la libertad es como el matrimonio, una institución que con frecuencia sólo sirve para destruir la fe que tenían en él los contrayentes? Será que no padezco sus restricciones, pero a mí me gusta esa Cuba humilde y superviviente, ese orbe calmoso e instintivo poblado por hombres que de vez en cuando se esfuerzan para cambiar de postura y descansar de su pereza, y mujeres vestidas con el fresco descuido de esa ropa escasa y barata que deja traslucir una excitante y roma geometría de honradez, fertilidad y desidia. El de Cuba es un pueblo aplastado por una odiosa dictadura y resulta al mismo tiempo un punto sociológico de reencuentro emocional con un tiempo pasado en el que la pobreza era un ingrediente de la honestidad, un mundo que parece irrecuperable tan pronto nos damos cuenta de que la libertad sirve para que se nos multe por pretender imitar las cosas que hacen libremente nuestros perros.

Josè Luis Alvite/larazon.es

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