Olor de mercería

Olor de mercería

Resulta fascinante el desfile de bellezas femeninas pisando con sus pies al tacto la alfombra de Hollywood camino de la ceremonia de los Oscar, encaramadas en la brocheta de su cosmética perfección liofilizada, elegantes y esbeltas, también selectas y carísimas, desprendiendo a su paso el cautivador heliotropo de su toilette, la mirra que medra como un aliento en el rebufo con el que drapean a su paso esa mezcla de aire, televisión y vanidad. A mí me resultan fascinantes, sí, y sin embargo, irreales y lejanas, con ese erotismo exquisito y restringido al que tienen acceso unos pocos. Yo las miro y permanezco en cierto modo sereno e impasible, algo ajeno a su hechizo, como cuando en los primeros domingos de mi adolescencia contemplaba a destiempo el escaparate de la pastelería recién cerrada. Recuerdo entonces mi relación con las mujeres fértiles y asimétricas, mi afición a la belleza a granel de esa otra feminidad plural y cotidiana que despierta mi apetito y mis instintos con su carnalidad sin ungüentos, sin propaganda y sin fotos. Ya no me admira la belleza impecable y concluyente de esas mujeres perfectas caminando en vilo sobre la felina estenotipa de sus esfumadas pisadas sin suela. No son lo mío. Las veo desfilar y pienso que ese porte magro y delicado representa una niquelada belleza sin tentación y sin lascivia, puro e inútil glamour, nada que pueda compararse a la contemplación de esa otra mujer de aspecto inacabado –ni tan hermosa, ni tan cosmética– que se parece más a aquellas muchachas rústicas y alimenticias de mi adolescencia en cuyas exultantes canales de hembra con el calor del verano brotaban mezclados en promiscua berrea el vapor de la lujuria, el sabor del almuerzo y el aliento de la vendimia. El sublime ozono del cine crea mitos y diosas, pero a mí lo que me atrae de las mujeres es que a su paso incluso distinga Dios el provinciano y eterno olor de la mercería.

Josè Luis Alvite/larazon.es

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