Ni Fox ni Calderón; lo hizo Peña Nieto…

Ni Fox ni Calderón; lo hizo Peña Nieto…

Para acusar y detener a alguien debes tener primeramente un expediente incriminatorio en tus manos. Me pregunto, en el caso de la madre de todas las maestras, cuándo y cómo fue que las autoridades de este país detectaron que los bienes terrenales de la señora como que no correspondían enteramente a lo que se puede esperar de una profesora, de una persona cuya vocación primera no son los negocios, sino la enseñanza de conocimientos a los jóvenes.

Por lo pronto, ni Fox ni Calderón se enteraron, mira tú. Muy seguramente, los signos aparentes de riqueza y los posibles gastos suntuarios de la lideresa vitalicia no eran muy visibles. No había indicios, vamos, de que viviera por encima de sus posibilidades. Pero, de pronto, todo estuvo ahí, a la vista —sus casas en California, sus aviones, sus joyas, sus transferencias a las cuentas de los prestanombres, sus pagos a Neiman Marcus, etcétera, etcétera—, para consumo directo de los sabuesos de la Fiscalía de la nación. No hubo perdón, esta vez.

Hay que reconocer que más vale tarde que nunca. Pero, al mismo tiempo, debemos acomodarnos a la innegable realidad de que el personaje (¿o habrá que decir la personaja para no perpetrar una violación lingüística a la equidad de los géneros?) disfrutó durante décadas enteras de sus potestades, sus bienes y sus riquezas sin rendirle cuentas a nadie, ni siquiera a mamá Hacienda y a ese despiadado hijo natural suyo, el temible Servicio de Administración Tributaria que, caramba, jamás se dio tampoco por enterado.

Lo que son las cosas, señoras y señores: ha sido el denostado Partido Revolucionario Institucional, que vuelve al poder acusado por sus adversarios de querer restaurar el Pleistoceno, quien ha sacrificado a una de sus antiguas criaturas. Y estamos hablando de una mujer poderosísima que le metía miedo hasta al más pintado. Bueno, eso, hasta anteayer…

Román Revueltas Retes/mileniodiario

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