El sentido de la casualidad

DworkinthebossHace unos días murióRonald Dworkin, uno de los filósofos del derecho más importantes de nuestro tiempo. Se negó a aceptar dos convenciones contemporáneas. La primera, que el territorio de la ley estaba separado de la moral por una frontera clara e impermeable. La segunda, que los valores de la vida reñían y que habría que optar por el menos malo. A lo largo de su abundantisima producccián académica, Dworkin argumentó por la reincorporación del derecho a la reflexión moral y por la unidad de los valores. Por eso adoptó, como Isaiah Berlin, la expresión de Arquíloco sobre el zorro y el erizo. El zorro sabe muchas cosas; el erizo sólo una… pero grande. Pero, a diferencia de Berlin, Dworkin se vio como un puercoespín prendido de una idea elemental.

Dworkin fue un académico que examinó con rigor los conceptos fundamentales del derecho y la política. Participó también en numerosos debates públicos. Su interlocutor principal fue la Corte Suprema de los Estados Unidos. Nadie como él siguió la vida del tribunal en los últimos cuarenta años. Dworkin denunció la conformación derechista de la Corte, examinó y criticó severamente sus decisiones en artículos que escapaban el circuito de los abogados. En las decisiones del último tribunal—más que en las leyes del Congreso o las decisiones presidenciales– se iba dibujando la silueta de otro país, un país que Dworkin le gustaba cada día menos. Se concentró en los “casos difíciles”, asuntos complejos para los cuales la ley no ofrecía una pista suficiente. Era ahí donde se probaba su lectura “moral” de la constitución, una lectura que dejaba de buscar las intenciones de sus redactores originales, para enlazarse con los principios de un liberalismo igualitario. De ahí exploró las grandes controversiasmorales de nuestro tiempo: el aborto y la eutanasia, los límites a la libertad de expresión, las acciones afirmativas.

Pero el filósofo del derecho no se detuvo ahí, en la indagación de la ley y sus permisos. Alimentándose de la más antigua tradición filosófica, se preguntó también sobre la naturaleza de la felicidad y no solamente por la configuración de la justicia. En Justicia para erizos, el libro que resumió sus preocupaciones y argumentos se aventura a dibujar una estampa de lo que llama la “vida buena”, la vida bien vivida. Dworkin hacía una peculiar separación entre la ética y la moral. La ética examinaba la manera en que cada uno debía vivir; la moral bordaba la forma en que debíamos convivir. Mientras la moral era el dominio que trazaba las reglas para tratar a los demás, la ética nos imponía el deber de tratarnos bien, de respetarnos, de exigirnos. También tenemos derechos frente a nuestro impulso autoabusivo.

En su proyecto de justicia no se oculta—ni con un manto de ignorancia—la manera en que cada quien se trata a sí mismo, lo que hace de su vida. Las más ambiciosas teorías de la justicia se empeñan en mostrar los deberes del poder público, los contornos de la libertad, las plataformas de la equidad o las básculas de imparcialidad, pero suelen olvidar un punto: cómo nos tratamos. La decencia, esa virtud de la que habla con tanta elocuencia Avishai Margalit, debe empezar en nosotros: nos debemos tratar como personas, nunca como recipientes que almacenan cosas u órganos que procesan sensaciones. La forma en que nos tratamos no es menos importante que la forma en que tratamos a los demás. Un hombre generoso, un ciudadano respetuoso de las leyes que paga puntualmente sus impuestos, puede torturarse la existencia y desperdiciar su vida.

Separándose del impulso primario de la sobrevivencia (Hobbes) o del placer (Hume) Dworkin dibuja una estampa de la vida que merece ser vivida. Se refiere a una vida de la que podamos enorgullecernos. La vida entonces deja de ser un derecho para convertirse en una responsabilidad compleja, desafiante. Tenemos la responsabilidad de crearnos una vida que no sea simplemente agradable, sino que sea bien vivida. Una naranja de la que se exprima todo el jugo. Alguien que vive una vida aburrida y convencional, quien no cultiva y disfruta amistades cercanas, quien no enfrenta desafios, quien no obtiene logros y que sólo hace tiempo para llegar a la tumba no supo vivir. Falló en su responsabilidad de vivir.

El filósofo se acerca así al romántico que pinta la vida como una obra de arte. Arte que no existe por el cuadro, la sinfonìa o el soneto sino por el proceso de crearlo, el camino para encontrar la expresión personalisima. Vivir una buena vida, dice a fin de cuentas, es encontrarle un sentido a la casualidad biológica.

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