El Monopolio De La Verdad

 El Monopolio De La Verdad

En el siglo XVI, después de la Reforma protestante, la Iglesia Católica confirmó en el Concilio de Trento (1565) la condena de los no creyentes al declarar: “No hay salvación fuera de la Iglesia”. El que no cree, piensa y actúa como yo pasará su eternidad en el Infierno.

No fue hasta el siglo XX cuando el Concilio Vaticano Segundo sacó del infierno al resto de la humanidad, el 75%, al declarar la posibilidad de salvación en cualquier credo; pero en el siglo XXI Benedicto XVI vuelve a esgrimir su dedo acusador contra los infieles y a sumir en las profundidades del averno a todo no católico. Una vez más: no hay salvación fuera de la Iglesia.

Junto a esta intolerante postura tenemos otras ideas medievales del Sumo Pontífice que significan un viaje de mil años al pasado: la misa en Latín y otra de sus mas funestas declaraciones: El infierno existe, es real y es eterno.

Durante mil años el europeo vivió aterrorizado por el infierno y por consecuencia en absoluta obediencia sometida al Papa. El infierno y la exclusividad sobre el perdón fueron ante todo un poder político. El control a través del miedo; se hizo en el medioevo, lo hace Bush y lo intenta ahora Benedicto: ante la desbandada de católicos, apretarles más el gañote.

Todo esto comenzó desde los inicios de la edad media, tras la caída misma de Roma en una Europa bárbara y segmentada donde el Obispo de Roma constituía el único poder central. El cristianismo imperial y político de la edad media se confrontó con una realidad con pros y contras; el pueblo europeo, mezcla de romanos y bárbaros, era profundamente creyente y religioso, lo malo es que no necesariamente muy cristiano. Creían en toda suerte de amuletos, sortilegios, supersticiones y nigromancias, pero bastante personales y que no requerían de la intervención de una Iglesia central. Situación que había que corregir.

En los despojos del Imperio Romano, escindido por guerras y bárbaros, ante el vacío de poder, el Obispo de Roma y su estructura intentaban ocupar el lugar más alto; reyes y emperadores se cristianizaban y contribuían a la causa, pero era necesario ejercer la autoridad y someter, controlar y manipular al pueblo.

Desde entonces hasta hoy la Iglesia prohíbe la magia, la adivinación, supersticiones y amuletos, horóscopos y augures por considerarlos cosa del demonio, un atentado al libre albedrío, precioso don de Nuestro Señor, o un intento de escrutar los inescrutables designios de Dios; en realidad, sólo era controlar la religiosidad popular, atascada de paganismo y sustituirla por una fe centralizada, ortodoxa y desde luego, controlada.

El hombre medieval creía en la magia. Magia y religión tienen similitudes y diferencias; ambas parten de la creencia en fuerzas superiores, impersonales en la primera, personalísimas en la segunda; es decir, en la magia, el individuo se basta a si mismo o con los servicios de un buen agorero o brujo; en la religión se requiere necesariamente de la estructura proporcionada por la Santa Madre Iglesia. Una mera cuestión de poder lleva a prohibir una cosa como demoníaca y exaltar la otra como regalo celestial.

Era imposible terminar de tajo con las supersticiones y creencias populares, por ello el cristianismo simplemente las adaptó y las puso bajo mandato de la estructura; es decir, al final si se vale que haya magia, pero sólo si ellos tienen el monopolio de lo inexplicable. Se ataca la idolatría pagana pero se promueven los santos y las vírgenes. Se considera absurdo pedir una bondad a algún espíritu pero no al santito de la comunidad, otrora dios pagano cambiado de nombre.

Fue entonces y allá como es ahora y acá. No debemos enterrar un cuchillo para alejar la lluvia pero si se lo podemos pedir a San Isidro Labrador, quien quita el agua y pone el sol; no debemos adorar a la Santa Muerte pero si a un pedazo de tela en el Tepeyac (pintado por Marcos Cipactli en el siglo XVI y sustituido en el siglo XIX), no debemos ser idólatras pero venden estampitas de todo tipo en las iglesias; la superstición es pecado pero el agua de Lourdes cura a los enfermos; no debemos creer en nigromantes u horóscopos pero si en profetas.

Desde la caída de Roma, cuando dioses como Apolo y Dionisio se convierten en Santos del mismo nombre, Zeus en Dios Padre y el sol invictux en aureola de santidad, hasta la América del siglo XVI donde Tonantzin se convierte en Guadalupe, todo es lo mismo, someter la brujería, la adivinación, la magia popular y todo tipo de creencia individual que no requiera el reglamento de una estructura religiosa, a un pensamiento igual de mágico pero con jefe central y con poder político.

Hasta el día de hoy, para seguir dominando, Papas, concilios y bulas se imponen por encima de la razón y las escrituras, supuesta fuente de la Fe, incluso aunque se contradigan. Para que la oveja no salga del redil, el pastor impone la única línea que prohíbe pensar en cualquier otra cosa: la ortodoxia.

Así, la religiosidad popular de la edad media fue una mezcla de los rituales paganos absorbidos por el cristianismo y transformados en una ortodoxia que la iglesia podía controlar. Con el tiempo y la expansión el cristianismo se adaptó en cada lugar del planeta a las costumbres y creencias locales; vírgenes negras y mestizas, santos locales, fiestas religiosas mezcladas con las paganas. Hasta el día de hoy, paganismo e idolatría no dejan de estar presentes en la religión de un solo Dios, pero de cientos de divinidades.

Fuente:

Juan Miguel Zunzunegui/http://www.lacavernadezunzu.com/

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