El carnaval es un estado mental (un breve análisis de su significación histórica)

Es época de carnaval, ¿cuál es el significado histórico de esta fecha y que nuevas propuestas existen para canalizar este espíritu festivo?

 El carnaval es un estado mental (un breve análisis de su significación histórica)

Critique Magazine: “Bueno Terence, me pregunto cuál crees que sea el objetivo de la evolución  humana?”

Terence McKenna: “Oh, pues, una buena fiesta”.

Es época de carnaval, probablemente una de las fiestas más enigmáticas de la civilización humana, en la cual se combinan elementos paganos y religiosos, antiguos y modernos, la diacronía y la sincronía de símbolos y arquetipos que se recuperan y se actualizan, tomando un nuevo sentido para, a veces, terminar en el mismo punto de donde partieron.

Con la llegada del cristianismo y su voluntad universalizante y hegemónica, el carnaval pasó a formar parte del calendario religioso en un sitio sumamente especial: los días que preceden a la Cuaresma, los cuarenta días de ayuno y penitencia que culminan con la Semana Santa, el recordatorio de la Pasión de Cristo y la celebración de su Resurrección. En pocas palabras, se trata de días que anteceden una buena temporada de martirio y prohibición, de ahí que el carnaval sea en esencia una concesión al desenfreno y la satisfacción de los apetitos sensuales y carnales. Se come y se bebe en exceso, se copula y, en general, se hace todo eso que supuestamente no se hará durante 40 días. Es una licencia del cuerpo, pero también de las prohibiciones mentales.

Asimismo, una parte importante del carnaval cuyos orígenes se remontan a la Edad Media, tiene que ver con la trasposición de identidades. Como sabemos, en el esquema simbólico de las fiestas de carnaval un elemento importante y, se diría, imprescindible, es la máscara, la careta que por un momento nos da una personalidad distinta a la que tenemos todos los días, bajo la cual nos resguardamos para hacer lo que de otro modo no nos atreveríamos y que probablemente cuando retiremos de nuestros rostro preferiremos no recordar. Asimismo, socialmente, la máscara en días de carnaval hace que el plebeyo juegue a ser rey y el rey a ser plebeyo, que el hombre sea mujer y la mujer hombre, que las estructuras sociales, de ordinario fijas y casi inamovibles, se combinen y se confundan en un atisbo de lo que sería la realidad de no existir normas ni mandamientos (Mijaíl Bajtín escribió con lucidez sobre esto).

Paradójicamente, esta aparente vivacidad del carnaval contrasta con el hecho de que se trata de un rito, una fecha señalada que vuelve en el calendario para repetirse y, en consecuencia, perpetuar los gestos y las prácticas. ¿Qué tan auténtica es una voluntad que busca desordenar y trastocar cuando ese desorden en cierta forma también es parte del sistema, una especie de caos normalizado?

Se trata de un elemento que vale la pena reflexionar y que, de algún modo, se relaciona con eso que en la literatura teológica y doctrinal, escolástica, se entendió bajo la noción de “apetitos”: ¿cuándo satisfacerlos obedece a un impulso natural, auténtico, y cuándo a una necesidad creada, artificial? Una supuesta válvula de escape que más bien puede considerarse una distracción, pirotecnia con que se relaja el posible afán de cambio y transformación del ser humano.

En un nivel más terrenal, las fiestas carnavalescas, antiguas como son, tienen expresiones emblemáticas. Venecia y Rio de Janeiro son probablemente las ciudades con los carnavales más vistosos, tanto que incluso se han convertido en motivo de semblanza y referencia en la literatura, la pintura y otras artes, lo mismo que en la cultura popular.

En México se celebran carnavales en distintintas ciudades, incluyendo en Verácruz, Mazatlán y Campeche. Pero más allá  de estas tradiciones que en ocasiones no ofrecen la estimulación novedosa que busca la juventud, este año se ha desarrollado una interesante propuesta para proveer a los jóvenes una experiencia carnavalesca. Bajo la consigna de que el carnaval, como aquellas fiestas bacanales en las que la posesión del dios invadía la mente de los convidados, es un estado mental, una perspectiva ardiente ante la vida, El Carnaval de Bahidorá se erige como una notable alternativa para explorar este legendario espíritu.

Con una propuesta que refleja nuevas tendencias en música electrónica y apela a la búsqueda de espacios temporalmente autónomos donde se pueda ejercer la libertad e incluso alcanzar esados de conciencia elevados. Una seducción en la naturaleza hacia la magia.

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