Chicle en la boca

Chicle en la boca

Cada día encuentro más difícil relacionarme con la gente, incluso si se trata de personas a las que de verdad aprecio. Las conversaciones triviales me resultan insoportables y los asuntos profundos sólo sirven para que discuta y arriesgue la amistad de quien habla conmigo. Hasta tal punto encuentro insufrible discutir obstinadamente sin la menor flexibilidad, que entiendo que en caso de discusión sin posible avenencia lo mejor que pueden hacer dos personas para zanjar la polémica es arrearse unos buenos puñetazos y que para mayor escarmiento pague las copas quien haya perdido la pelea. Me aterra el devoto del cine iraní tanto como me repele el tipo que disfruta con esas películas norteamericanas en las que la frase más inteligente es el relincho de los neumáticos al derrapar un coche. Tampoco me gusta coincidir con vecinos en el ascensor porque no necesito que la señora del segundo me diga lo mucho que llueve en invierno, ni que me recomiende visitar al neumólogo para curarme la jodida tos del tabaco o que me pregunte si estoy seguro de que no es cáncer de colon ese granito casi invisible en la nariz. Durante algún tiempo soñé que coincidía con la dichosa señora en un ascensor del Empire State y subía con ella hasta la azotea. La conversación, quince tópicos del clima y dos docenas de refranes. Para colmo, al llegar a la azotea se ponía de espaldas a la fantástica vista de Manhattan y me decía que su ilusión desde niña había sido sentir vértigo en una casa de planta baja. Me liberé de ella al lanzarla al vacío desde la azotea del Empire en el último sueño. Pero al llegar a la calle me detuvo un guardia y, mientras me esposaba, me soltó el dichoso refrán: «Lo que mal empieza mal acaba, amigo». No le guardo rencor porque fue breve y me leyó mis derechos con el chicle en la boca.

José Luis Alvite/larazon.es

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