Carne de caballo

Carne de caballo

A la maestra de aquella escuelita en Compostela y a mis profesores del instituto les debo el recuerdo de muchas de las cosas buenas que aprendí; a las mujeres descarriadas con las que malogré el sueño y a los tipos rudos con los que desperdicié la vida, les debo la suerte de haber olvidado el resto. Del mismo modo reconozco que le debo a mi vida desordenada la firme convicción de que lo que hace verdaderamente satisfactorio el pasado de un hombre es su capacidad para recordar con meridiana claridad aquellas cosas tan hermosas que jamás le sucedieron. Ya sé que se trata de una manera poco útil de existir, nada que signifique algo para ser un tipo de provecho. El hombre que cuenta historias al amor de la lumbre suele tener menos consideración social que aquel otro que parte la leña para avivar el fuego, del mismo modo que en este país quienes quemaban los libros gozaron siempre de más reconocimiento que aquellos otros que simplemente los escribieron. La verdad es que no es fácil elegir qué clase de hombre ser uno mismo, si el tipo metódico y estudioso que disfruta con la ilustración y el conocimiento, o aquel otro, instintivo y escéptico, que cree que como se han puesto las cosas en la cadena alimentaria, será en las carreras del hipódromo donde nadie encuentre un solo gramo de carne de caballo. Italia es estos días un buen ejemplo de cómo un país da lo mejor de sí mismo a partir del instante en el que peor lo hagan sus políticos, es decir, justo lo que me dijo aquella madrugada en su burdel una fulana a la que recuerdo sólo por aquello: «Cada uno somos de una manera y tenemos nuestra propia conciencia. Tú escribes casi sin haber leído y yo he vomitado mucho para darle importancia al sabor del pan. En realidad, tú y yo somos sólo maneras distintas de deshacer la cama».

Josè Luis Alvite/larazon.es

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