Ada Colau

 Ada Colau

Hacía tiempo que no ocurría algo así en el foro parlamentario. En su comparecencia ante la Comisión de Economía, Ada Colau refrescó con su voz sincera y emocionada la atmósfera parlamentaria y ventiló por un momento el olor casi fénico de una institución de vago aliento funeral en la que cada vez ocurren menos cosas sensatas. Fue el suyo un derroche de sana y entusiasta autenticidad en defensa de las ideas desesperadas de quienes se integran con angustia al amparo de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. Algunos «expertos» corrieron a decir que la señora Colau ha puesto las emociones por delante de la razón, como si la sinceridad de un impulso pudiera desacreditar sistemáticamente a quien se deja llevar por él. Auguran los analistas el fracaso de la Iniciativa Legislativa Popular presentada por la señora Colau para que se paralice el desahucio de miles de ciudadanos acorralados por la miseria y le recriminan a la compareciente un cierto tono amenazador. ¿Qué esperaban los miembros de la Comisión y sus analistas de cabecera? ¿Una intervención complaciente y retórica  destinada de inmediato al olvido? ¿Una confitura verbal destinada al anecdotario del Congreso? Olvidan acaso sus señorías que la de Ada Colau es la voz actualizada de la calle, la desesperación puntual de miles de familias, la referencia irritada, espontánea y sincera de una buena parte de la ciudadanía. ¿Que la señora Colau  sostiene opiniones que transgreden las normas? Es posible. En ese caso, en nombre de la desesperación lo natural será que se cambien las normas. Ahora que todo se desmorona resulta un poco ridículo tanto derroche de pudor y tanto llamamiento a la sensatez. Ada Colau se ha erigido en la garganta sincera de quienes lo están pasando peor que mal y clama con la voz temblorosa y comprensible irritación. Su angustia la libera del peso rancio y nobiliario de la sensatez. Cuando el pueblo pasa hambre, ¿se le puede pedir que, además de paciencia, tenga también razón?

José Luis Alvite/larazon.es 

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