Prohibido conmoverse

Prohibido conmoverse

No puedo entender el descrédito de las emociones entre quienes consideran que el llanto del espectador frente a la belleza incomensurable del Arte es un desperdicio de la inteligencia y creen que el impacto de la creación artística ha de ser pedagógico y no emocional. Desde luego es obvio que no corren buenos tiempos para las actitudes emotivas y que en los corrillos intelectuales de la progresía se prefiere que el mensaje del artista sea frío, cartesiano, casi robótico. El hombre que confiesa un crimen sin pestañear viene a resultar más aceptable que el que reconoce sentirse conmovido por una emoción elemental. Importa lo frío, lo hierático, los desapasionados rasgos niquelados del hombre puramente automático, es decir, el tipo distante y racionalista que al contemplar a Van Gogh lo que aprecia no es el resultado de una emoción desbordada, acaso un deslumbrante cólico mental, sino la consecuencia de una cierta capacidad técnica para convertir la belleza en color, en doctrina o en simple geometría. En ciertos niveles del mundo cultural está mal visto conmoverse y se considera vergonzante que la visión de una película, la audición de una canción o la lectura de un libro desemboquen en una emoción tan elemental como puede ser el llanto. Entienden esos intelectuales que las emociones son una bajeza impropia de la inteligencia, algo que se supone que puede ocurrirle a una costurera, a un ebanista o a una viuda con sabañones, jamás a un crítico de Arte, que se supone que es un tipo muy entero y muy cartesiano que degusta el mensaje artístico con la misma fría objetividad instrumental que si comiese cien gramos de jamón masticándolos con la tenaza insensible de su dentadura de titanio. Yo no sé por qué desprecian las emociones los críticos. A lo mejor es porque temen que el placer elemental del Arte pueda parecerse a veces al de la defecación.

Josè Luis Alvite/larazon.es

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