Manos de lutier

Manos de lutier

Evito a la gente que hace planes porque creo que la vida es más hermosa conforme sobreviene, sin interferir decisivamente en su curso, deteniendo la marcha según lo dispone el cansancio y a sabiendas de que nada resulta tan contraproducente como tomar una decisión con ganas de mear. Aunque comprendo que un hombre ha de pensar algo en su futuro, la verdad es que a mí lo único que de verdad me ha preocupado de la posteridad ha sido saber dónde estaba cada noche el retrete. No importa qué pasos hayas dado si la última pisada has de ponerla a granel en la tierra del cementerio. Nunca hice grandes planes, así que mi vida ha sido una sucesión de noticias inesperadas, buenas y malas, muchas de ellas anodinas e innecesarias, como esas gacetillas sin sustancia que no importa que se malogren en la doblez del periódico, o como esos rostros placebos y genéricos que parecen pensados para caer en el olvido con motivo de haberlos visto en la pedrea de la multitud. Cada vez que viajo a Madrid en coche me aparto de la autovía y me detengo en cualquiera de esos pueblos medio abandonados en los que sin embargo aún huele a heno y a sarro el viento. Suele haber un sitio en el que todavía es posible comer cosas que por su aspecto se sabe con seguridad que estuvieron vivas, como uno de esos asados con fuego de leña en los que la pata del cordero parece encerada por las manos lentas y primorosas de un lutier. Suelen ser pueblos a contramano en los que solo por error se detuvieron alguna vez la gripe, el tren o la guerra. Comprendo que no son lugares para indagar en la Historia, solo sitios en los que desova el silencio y ni siquiera reparan las cigüeñas. No importa. A veces lo que un hombre necesita es que gotee en su alma cualquier mancha de su camisa.

José Luis Alvite/larazon.es

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