El vicio de morir

El vicio de morir

Empiezo el nuevo año con cierta sensación de que ya nada va a ocurrirme por primera vez y con la certeza de que no volveré a sentir jamás el placer de cuando era niño y ni siquiera me parecía que hubiese ardido antes el fuego azul y amarillo en la cresta de la leña, ni llevase mucho tiempo el mar lamiendo la arena en la orilla. Sospecho que ya no haré cosas distintas por las que pueda sentirme orgulloso, ni cometeré interesantes errores nuevos que me ayuden a sentir otra vez el placer de caer rendido y tener la odiosa tentación de arrepentirme. Por las muchas cosas duras que hice durante tantos años me pasa a destiempo factura la conciencia y me vence ahora el cansancio que no pudo conmigo cuando me parecía que ni siquiera Dios habría sido capaz de mantener de madrugada mi ritmo sin llevarse la mano a la boca y bostezar. Supongo que esa sensación de vida acabada, de camino trillado y recorrido, se debe a que en la existencia de un hombre llega un momento en el que ya no puede creer, como creyó entonces, que todavía le quedan por ver cosas que aun no dieron sombra en el suelo, mujeres que dejen el pudor para después de haber pasado la vergüenza y cementerios en los que ni siquiera haya estado alguna vez la muerte. Lo peor de todo es que vivimos en una sociedad injusta y preocupante en la que casi todo parece a punto de venirse abajo, un mundo en el que acaso no volvamos a estar seguros mientras no se hayan desplomado las estructuras que amenazan ruina, como ocurre con esos edificios a los que sólo es recomendable acercarse cuando de su mole inestable apenas quedan en pie el recuerdo, la polvareda y el suelo. Yo me felicito por haber vivido en un mundo lento y novicio en el que ni siquiera la muerte había contraído aún el vicio de morir…

Jose Luis Alvite/larazon.es

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