El sudor y la saliva

El sudor y la saliva

Cada vez que algo colectivo falla en España, aparece alguien que hace un discurso llamando a la renovación ética o al rearme moral, un predicador que nos anima a la adopción de un pensamiento nuevo que rompa con la pereza empobrecedora del estado de ánimo anterior. Menos frecuente es la aparición de alguien que arrime el hombro y sirva de ejemplo de cómo hay que hacer las cosas para salir adelante. Nos sobran apóstoles y nos faltan excavadoras. No somos un país de acción. Arrastramos siglos de retórica, de pensamiento, de teoría, y raras veces ponemos en pie un edificio sin limitarnos a lamentar que por cualquier motivo se haya desplomado. Solo nos sobrecogemos de verdad cuando el pueblo hambriento pierde la calma, se echa a la calle dando voces, entra a saco en el casino de caballeros, hace a un lado al conserje y les planta fuego a los gabanes del guardarropa. Nadie hasta ese instante se presentó voluntario para arrimar el hombro y cambiar las cosas sin necesidad de sustituir la razón por la tea. Cada vez que nos sacude una crisis, destruimos lo poco que hay en pie en vez de reconstruir lo que hasta entonces se había salvado de la ruina. Es una desgracia que haya arraigado históricamente entre nosotros la idea de que una guerra no está terminada hasta que haya empezado la primera batalla de la siguiente guerra. ¿Por qué no seremos como esos otros pueblos –franceses, ingleses, alemanes, norteamericanos– que de paso que entierran a los caídos en combate sepultan también el rencor y la furia que les causó la muerte? ¿Por qué cuando un terremoto asola cualquier ciudad destinamos a convertir en mala televisión la energía que tendríamos que transformar en esfuerzo y en ladrillos? Estamos en uno de esos momentos en los que se necesita que aparezcan los hombres de acción y alguien nos convenza de que la saliva es casi siempre más inútil que el sudor.

Josè Luis Alvite/larazon.es

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