Dieta de caza

Dieta de caza

Ahora que el camino existencial recorrido es más largo que el que me queda por andar me doy cuenta de que los mejores aciertos los he tenido gracias a haber tomado con frecuencia la decisión equivocada. No me pesa en absoluto haber desobedecido a quienes me decían que la lectura era una elección más sana y productiva que la experiencia. Aunque me seducían las descripciones eróticas de Salvador Rueda y me cautivaban las frutas que pintaba Paul Cezanne, enseguida me di cuenta de que lo que hace distinto el sabor de cada manzana es el gusano entumecido en su pulpa, igual que a veces lo que hace inolvidable un beso es el sabor de una pizca de sangre en las encías. No me parecía que adquirir conocimientos fuese en absoluto mejor que tener experiencias, así que lo que leía en los libros me resultaba sin duda menos interesante que aquello otro que pudiese aprender en los bares. No me importaba en absoluto que mi integridad moral se degradase al mismo tiempo que se me resintiese el hígado y hasta me parecía que muchas veces el talento era algo que sólo podría cuajar asociado a cualquier patología, igual que sobreviene la lucidez con motivo del extremo cansancio al final de un exceso. A pesar de que me resulte árida su manera de narrar, he admirado siempre la facilidad de Ernest Hemingway para convertir en brío el cansancio y en literatura la desesperanza. Errante, mujeriego y contundente, Hemingway se probó a sí mismo que la integridad moral de un hombre puede darse asociada a la resistencia de su aparato digestivo. Al final se saltó la tapa de los sesos disparándose en la boca la dieta de su escopeta de caza. Hay opiniones para todos los gustos, pero yo creo que si hizo tal cosa fue porque se había quedado sin inspiración y sólo le quedaba la esperanza de contar sus experiencias como cadáver.

Josè Luis Alvite/larazon.es

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