Decadencia y caída del roscón de Reyes

 Decadencia y caída del roscón de Reyes

De entre todos los momentos que me gustan de las navidades -lo siento, no soy de esos intelectuales que las detestan por ñoñas, consumistas y demás topicazos-, uno de mis favoritos ha sido siempre el desayuno del día 6. Jamás perdono el roscón de Reyes, por varios motivos. Tiene algo de aventura emocionante de la infancia, cuando ansiabas que te tocara el rey y temías dar con el haba. Es uno de los pocos productos que, al comerse sólo en esta fecha, sigue conservando su temporalidad contra viento y marea, lo que aumenta su disfrute. Y si está bien hecho, para mí es uno de los bollos más deliciosos que existen, capaz de llevarte al nirvana si lo acompañas con un chocolate caliente.

Si está bien hecho, claro. Es decir, si se ha elaborado con honestidad, respetando su esencia y utilizando buenos ingredientes: harina, leche, mantequilla, azúcar, huevo, agua de azahar y, a partir de ahí, el toque personal que se le quiera dar a la masa con cítricos, ron, canela o limón. Dejando que fermente el tiempo suficiente y horneándolo. No parece complicado, ¿verdad? Pues sí lo debe de ser, considerando el bajísimo nivel de la mayoría de los roscones que he probado en los últimos años, comprados en toda clase de pastelerías, panaderías y tiendas españolas.

Dichos roscones no guardan mucha relación con mis recuerdos de infancia, ni con las versiones decentes que en escasas ocasiones he tenido la oportunidad de probar. No son más que bollos zafios que se quedan resecos en cuestión de horas, cuya masa la debe de fabricar el hombre que lo hace todo en España del que hablaba Astrud en su canción. Todos saben exactamente igual: a masa estándar de pastelería industrial. Bueno, miento: hay ligeras variaciones dependiendo de los litros de esencias químicas “aromatizantes” que le hayan podido echar para camuflar la insipidez del bollo en sí mismo. Eso sí, la mayoría llevan por encima sus buenos kilos de azúcar y de fruta escarchada a prueba del paso de los milenios, que hay que mantener la tradición.

Más de una vez me he preguntado si lo del roscón chungo era una obsesión mía  o de mi familia, muy quejica con la repostería en general. Por eso ayer pregunté a mis seguidores en Twitter si a ellos también les pasaba. La respuesta fue abrumadora.

Mikel López Iturriaga para El País

http://blogs.elpais.com/el-comidista/2013/01/decadencia-y-caida-del-roscon-de-reyes.html

 

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