Cambio de era

Cambio de era

Son muchas las voces que nos avisan de que las circunstancias infames en las que vivimos constituyen el anuncio inequívoco de que estamos abocados a un cambio de era. Consideran agotados en Occidente el sistema político y el modelo económico, que al final resulta que sólo nos han traído injusticia, desencanto y hambre. El problema es que un cambio de era suele cuajar con motivo de una revolución o al estallar una guerra y el saldo inicial a raíz de la conmoción suele ser un auge inusitado del dolor y el crecimiento desordenado de los cementerios. ¿Se puede intuir el cambio de era con la facilidad instintiva con la que auguran un seísmo los perros? ¿Igual que presentimos la tormenta por el mal olor que devuelve el viento por las cañerías hasta la taza del retrete? ¿O será que en determinadas circunstancias presagiamos aquello que en realidad deseamos que ocurra? El caso es que en su ensimismamiento escolástico los políticos viven ajenos al olfato premonitorio y perruno de la gente corriente y siguen gobernando con criterios viejos, obedientes a credos que se han ido quedando sin creyentes, mientras en la calle se barrunta un orden nuevo y nos rodea un silencio inquietante y cósmico, el silencio viejo y crucial que otras veces precedió a la ferretería de las revoluciones y a las grandes guerras, una calma tensa y expectante, pero inexorable, como cuando por un simple carraspeo sabíamos en la niñez que nos esperaba una mala noticia en la voz de nuestro padre. Miguel Ángel Revilla advertía hace unos días en televisión de que la indiferencia de los políticos está poniendo a la sociedad al borde del colapso y casi les rogó que pisasen la calle. Por supuesto, no lo harán. Y será demasiado tarde cuando comprendan que los hombres cambian de credo y de dioses a partir del momento en el que, por culpa del hambre, sigan en ayunas después de haber comido.

Josè Luis Alvite/larazon.es

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