Aliento de bueyes

Aliento de bueyes

Antes de ponerme a escribir me quedé un poco traspuesto y pasó por mi cabeza un sueño leve e inquietante en el que hordas de gente hambrienta saqueaban los bancos y recluían a los ricos en cercados de madera vigilados por perros con los ojos saltones de ansiedad y las fauces más grandes que la boca. Por todas partes había vocerío, incendios y pillaje. En medio de aquel tumulto revolucionario el país había retrocedido unas cuantas décadas y parecía haber caído en manos de cuadrillas de exaltados que decían despreciar la razón en nombre de la necesidad de una justicia drástica y apremiante en la que faltarían canastas para tantas cabezas como habrían de rodar. Un tipo me decía que durante días se habían reunido en la capital a miles de reses para arrastrar en macabra procesión las carretas atestadas de cuerpos decapitados, y que, aunque comprendía que podría tratarse de un espectáculo espantoso, lo que en realidad le preocupaba era que con el espeluznante acarreo de cadáveres se jodiese el empedrado o se cansasen los bueyes. Con los gritos que daban las cuadrillas lloraban los niños y se asustaban los perros. En un cruce de calles escuche a un tipo que predicaba un cambio de era y auguraba que «con el abono de la sangre derramada tendremos un suelo tan fértil que la tierra podría resultar aplastada y repisar con el peso de las cosechas». «¿Y quién está al mando?», pregunté para saber a qué atenerme. «¿Mando? ¿Qué mando? Todo funcionaba armoniosamente antes de ser jerarquizado. ¿A quién obedecen las mareas? El mar va y viene a todas partes sin necesidad de saber geografía. Aquí no hay mando. Esto que ves es el caos, amigo. Aunque cueste creerlo, la gente ha recuperado la sensatez gracias a haber perdido la razón». Fue lo último que ocurrió en mi sueño leve e inquietante. Después me rehíce y disipé de mi cabeza el aliento castrado de los bueyes…

Josè Luis Alvite/larazon.es

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