Agua lanar y nubes azules

 Agua lanar y nubes azules

Me gustaron siempre las historias con gente de paso y las películas con trenes, los hombres vencidos, los dioses paganos y las mujeres con paraguas rojo dudando si cruzar bajo la lluvia hasta el otro lado de la calle. He sentido también desde niño una cierta atracción por los reyes destronados, los niños expósitos y las ruinas que deja como testamento la guerra. Recuerdo a los hombres leñosos y enjutos de mi niñez, aquellos tipos con el rostro apaleado por las mismas privaciones que sus perros, seres humanos que mejoraban de aspecto  al morir y avivaban el fuego arrojando sobre las llamas el agua jabonosa y lanar de su afeitado. Por la noche cavaban el cuerpo de sus mujeres y hacían que relinchase el catre y ladrasen las vaginas atragantadas de placer y de saliva, mientras en sus bocas  maullaba la respiración y en sus vientres se fruncía, como ragú de cera, la apnea oleosa del sexo. Después se hacían a la mar para una campaña de meses en Terranova o seguían con sus arpones a las manadas de ballenas que guateaban de gris el agua entre las ensenadas de Vancouver y la costa garrapiñada de Alaska. Todo resultaba transeúnte y misterioso, entrañable y a la vez lejano, como lo era en mi niñez aquel paisaje inacabado, aquellas playas amarillas en las que se estrenaba la espuma, el cielo del verano en el que hasta eran azules las nubes, y las casitas remotas en las que ni siquiera había estado alguna vez el cartero. Una tarde me pareció que la bajamar dejaba en los escollos de Tragove el cadáver de un hombre con la mano empuñando un paraguas abierto. Y yo lo recuerdo ahora porque siempre me gustaron los hombres de paso, como supuse que era el tipo del paraguas, uno de aquellos cadáveres que dejaba el mar en la orilla porque la muerte era entonces una señora muy seria que tenía por costumbre devolver el correo.

José Luis Alvite/larazon.es 

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