Un sueño y un balcón

Un sueño y un balcón

Es difícil calificar la situación de las relaciones entre Cataluña y el resto de España y supongo que resulta complicado resumir los sentimientos de catalanes y españoles ante el fenómeno independentista. Si la tentación secesionista responde sólo a un estado de ánimo histórico y refleja la angustia de un pueblo, podría decirse que estamos ante un momento histórico emocional y Cataluña podría caminar en ese caso hacia la consecución de un logro generalizado y sincero, poseída por un encomiable entusiasmo espiritual. Si el independentismo es sólo una fórmula para conseguir dinero, Cataluña no sería un estado como otro cualquiera, sino un estado por dinero, es decir, un país profesional que podría regirse por el reglamento de los casinos, organizado en timbas y presidido por un croupier. También habría que preguntarse en qué medida ha cambiado la actitud del resto de los españoles frente al hecho independentista. Habrá ciudadanos  que reaccionen con una actitud lírica, otros que consideren que la secesión de Cataluña aliviaría el estudio de la geografía  y no faltará quien piense que a cualquier vecino de Castellón la separación de Cataluña le serviría para tardar menos tiempo en llegar al extranjero. ¿Y qué dirían los constitucionalistas? Supongo que exigirían la reforma de la Constitución y es obvio que por esa vía sería impensable la independencia. ¿Qué ocurriría entonces? Cabe pensar que el problema seguiría enquistado hasta la próxima ocurrencia. O hasta que Artur Mas se asome cardado al balcón de la Generalitat, proclame la independencia de Cataluña y entre durante unos días en la historia como Sara Montiel en aquella foto en la que se asomó despeinada al balcón de un hotel en llamas. Y después seguirá alentando la independencia, ese sueño que el señor Mas habría tenido sin necesidad de ponerse el pijama.

José Luis Alvite/larazon.es

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