Tierra distinta

Tierra distinta

Dicen las estadísticas oficiales que en Galicia ha disminuido el número de parados. Soy un tipo afortunado por haber nacido en una tierra en la que hasta con la boca cerrada engordan los muertos. Se necesita mucha voluntad para pasar hambre en un sitio así. La verdad es que vivo en un lugar en el que incluso la escasez es fértil y cualquiera podría criar un pollo dándole de comer la grava panificada del camino. Un tipo me dijo hace años que con la floresta que reverdece cada otoño en la fachada de la catedral compostelana podría dársele de comer durante dos meses a media docena de vacas. Tía Pepita me contó de niño en Cambados que cuando el fuego amainaba por la noche echado en decúbito prono sobre la piedra de las  «lareiras», en la piel de las llamas medraba –con docilidad de lana– una  hierba fácil, azul y faldera. Y juraría que ni siquiera mentía cuando me contó que el agua del río Umia era tan fisiológica, y tan carnal, que había que desangrarla un poco antes de ponerla a hervir para que no chillase. Los niños no teníamos que esforzarnos para disponer de la merienda porque incluso las ramas de los robles se arrastraban por el suelo con el peso de las manzanas. Ni nos preocupaba buscarle explicación al agradable misterio de que se amontonasen las cerezas a los pies de los cipreses. Hacía poco que los españoles habían salido de una guerra terrible, y sin embargo, del espanto quedaba la amnesia, y de la fusilería, la suave mandolina de la risa expósita y plural de los niños. Claro que hay desempleo en Galicia. Y gente que lo pasa mal. Lo que sucede es que vivo en una tierra distinta en la que todo es tan relativo, que la muerte se considera una razón como otra cualquiera para que el cadáver de la abuela tarde tanto en servir la cena.

José Luis Alvite/larazon.es

La foto aquí: http://objetivogipuzkoa.diariovasco.com

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