Ronaldo democratiza la felicidad

Por: Juanma Iturriaga

No seré yo quien critique a Cristiano Ronaldo por estar triste. Aunque entiendo que le hayan caído palos por todos los lados. Al fin y al cabo, es más que posible que el portugués haya ofendido con sus declaraciones a mucha gente que tiene que lidiar su vida con muchísimo menos de lo que Ronaldo posee. Dios da pan al que no tiene dientes, decía un refrán, y Cristiano parece no tener dentadura suficiente como para digerir el mucho pan que recibe. Pero eso no quita para que tenga todo el derecho del mundo para sentirse como quiera o pueda. El de Ronaldo ni es el primer caso ni será el último. Los sentimientos son a veces inescrutables y no obedecen a ecuaciones matemáticas. 10 millones de euros de ficha + 20 de publicidad + el fervor de millones de seguidores + jugar en el Real Madrid +  ganar títulos + tener una novia espectacular no tienen por qué dar como resultado la plena satisfacción. Quizás deberían, pero no siempre es así.

Porque yo me pregunto, ¿cuánto dinero, éxito y reconocimiento nos asegura la felicidad? ¿Qué volúmenes marcan la frontera entre la felicidad y la posible tristeza? Entendemos que Cristiano ESTÁ OBLIGADO a ser feliz porque gana 1.000 veces más que la media en cualquiera de estos baremos aceptados como parámetros que llevan a la satisfacción. Pero también conocemos casos de gente que con mucho menos de la media  es capaz de vivir con la sonrisa en la boca. A la vista de cómo está el tema laboral, el contar con un trabajo y un sueldo ¿nos obliga a una felicidad perenne? ¿Acaso nuestras existencias y nuestros sentimientos no son mucho más complejos y dependen (afortunadamente) de un montón de variables que no solo tienen que ver con eso que a Ronaldo le sobra? ¿Cuántas veces nuestro estado de ánimo se resquebraja por motivos banales?

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Cristiano Ronaldo, tras anotar su primer gol ante el Granada / Dani Pozo (AFP)

Elucubro sobre el origen de su tristeza y la razono a partir de un desequilibrio entre lo que Ronaldo cree merecer y lo que recibe. Sospecho que cuando se mira al espejo ve una cosa que no concuerda con lo que cree observar en las miradas ajenas. No solo eso, sino que como muy bien explica John Carlin en su excelente artículo de hoy, en ese mismo espejo aparecen detrás de él toda su cohorte de aduladores confirmando lo que él cree ver. Este es un problema bastante común. A poco que tu ego se descabalgue un poco (en este caso va a galope tendido) o no haya nadie a tu alrededor con una visión más crítica, lo dado siempre nos parece menor que lo recibido. Creyéndote merecedor de mayores bendiciones, terminas por despreciar las que recibes, sean del tamaño e intensidad que sean. Como consecuencia, la vida, el club, los compañeros o quien sea siempre están en deuda contigo, siempre te deben algo, lo que sin duda es fuente de insatisfacción. ¿Quién no ha tenido esta sensación en algún momento?

Dicho esto, lo que no me parece de recibo es la utilización (por no llamarlo chantaje) que hace Ronaldo del club para solucionar su problema. Siendo el sentimiento respetable, no lo es el que lo convierta en un problema público y colectivo. Además, su queja no viene provocada por un calentón, que en los juicios puede servir de atenuante. Toda la secuencia apunta a una clara premeditación. No celebrar los goles, lo que resulta llamativo, convocar a la prensa en la zona mixta, que lógicamente le pregunta por tal circunstancia, y exponer su malestar sin entrar en mucho detalle forma parte de una trama que dista mucho de ser fortuita. Con ello coloca al club, compañeros y aficionados en una posición incómoda al hacerlos depositarios de la solución de su tristeza. Incluso el momento elegido, con el mercado ya cerrado y dos semanas donde no hay liga, no parece casual. Con su actuación, Ronaldo incide en una sensación bastante generalizada que apunta hacia un egocentrismo desmedido, a una anteposición de sus intereses personales por encima de los intereses grupales.

Para más inri, la meditada jugada no parece ni siquiera inteligente, lejos de la ideal para conseguir lo que pretende. Ronaldo se ha comportado como un mal jugador de ajedrez, ese que no va más allá de un par de movimientos y es incapaz de analizar las consecuencias que tendrán en el resto de la partida.  Hay muchas posibilidades de que el tiro le salga por la culata. Reclamando dinero, cariño, reconocimiento o lo que sea que esté demandando, hasta el momento lo único que ha provocado es una catarata de críticas, mofas y en algunos casos, indiferencia. Somos muchos (espero) los que pensamos que títulos y goles no justifican ciertas actitudes y actuaciones. El Madrid tiene un problema serio desde que buena parte de su imagen descansa sobre su controvertido entrenador y una estrella mundial como Ronaldo. Que sus estandartes más sonoros se comporten como lo ha hecho ahora Cristiano agrandan aún más esa problemática. Autodeclarados como grandes defensores de su club, a veces sus actos les señalan y ponen en duda la incondicionalidad de sus sentimientos, pues en ellos prima el interés personal al de la colectividad.

Yendo a terrenos más filosóficos, la tristeza de Ronaldo es una buena noticia, en el sentido de que nos recuerda que si la verdad está ahí fuera, que decían en Expediente X, los resortes más importantes de la felicidad (y de la infelicidad) los debemos buscar dentro. No es cuestión de tener mucho o poco, sino cómo digerimos lo que tenemos o de lo que carecemos. Esto es, sin duda, una democratización de la satisfacción personal, pues la coloca al alcance de casi todos poniéndola a salvo de cuestiones que pueden resultar ajenas a nuestro control o fuera de nuestro alcance. Como él mismo dijo en una ocasión, muchas de las circunstancias en su vida pueden provocar envidia y se entiende que nadie haría ascos a poseer todo lo que el posee. Pero si lo miramos bajo otro prisma, ¿para qué tener tanto si no nos sirve para ser felices? Se habla mucho de los grandes deportistas como modelos a seguir. Ni siquiera en ese objetivo Ronaldo lleva las de ganar. Alguien debería decirselo y entonces sí que tendría un consistente motivo para su tristeza.

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