Otro pobre futbolista…

 Otro pobre futbolista...

Una vez, ante un médico famoso, llegose un hombre de mirar sombrío: sufro -le dijo-, un mal tan espantoso como esta palidez del rostro mío. Me deja -agrega el médico- perplejo vuestro mal, y no debe acobardaros; tomad hoy por receta este consejo: “Sólo viendo a Garrick podréis curaros”. -¿A Garrik?- Sí, a Garrick… La más remisa y austera sociedad le busca ansiosa; todo aquel que lo ve muere de risa; ¡Tiene una gracia artística asombrosa! -¿Y a mí me hará reír? -¡Ah! Sí, os lo juro; él sí; nada más él; más… ¿qué os inquieta? Así -dijo el enfermo-, no me curo: Yo soy Garrick, cambiadme la receta…

De aquella tristeza se deriva la historia de un comediante deprimido, obligado a hacer reír, condenado a llorar de risa. Juan de Dios Peza (1852-1910), en su obra “Reír llorando”, sugiere el problema de Cristiano; infeliz siendo aquel que lo tiene todo, incluso el poder de la felicidad: el Gol. Incapaces de entender la tristeza jugando, vida y profesión tan soñada, nos encontramos con la sorpresa: hay futbolistas tristes. La torpeza para disfrutar el futbol, sobre todo el suyo, maravilloso, encierra al crack en una jaula de oro. Ahí dentro todo es vano, superficial. La tristeza de Cristiano tendría romanticismo si como Garrick, se hubiera cansado de hacer felicidad. Pero el poema se parte cuando el verso es el dinero, el aplauso, el ego. Cuántos futbolistas tristes habrá que sin darse cuenta, confunden sus dones con millones (25 anuales, sueldo mas patrocinios). El don de un goleador es admirable, querido, no lo tiene cualquiera, pero se pierde como la felicidad, cuando se pone en venta. Si a Cristiano le cura su tristeza un millón antes que un gol, tiene razón en estar triste, entonces, es otro pobre futbolista.

José Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo/mileniodiario

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