Mano de remero

Mano de remero

A mí me traen sin cuidado las aficiones sexuales de la gente e incluso soy muy despreocupado respecto de las mías. En una persona concibo casi cualquier capricho sexual e incluso actitudes que otros consideran aberrantes, a mí, además de sinceras, me resultan no sólo exóticas, sino, y sobre todo, creativas. Conozco a tipos que se acuestan con muchas mujeres distintas al cabo del año y fui relativamente amigo de un fulano ensimismado y un poco rústico que tenía sexo plumífero y onomatopéyico con las autistas gallinas de su corral. Si de alguna práctica sexual me vi obligado a retirarme no fue porque me lo reprochasen mi educación o mi conciencia, sino porque no me lo permitían las piernas. A veces lo que cambia es el formato, de modo que el viejo erotismo postal, que requería buena letra,  ha sido sustituido por el de las nuevas tecnologías, al alcance incluso de quienes tengan en los ojos unas harinosas cataratas. De adolescente leí muchas veces «La cópula» de Salvador Rueda con una excitación erótica que ahora me parece ridícula. Aquella prosa de turgencias y visillos se ha visto desbordada por la avalancha de vídeos de fabricación casera que circulan por «La Red», muchos de ellos de una voracidad visual tan explícita que producen gastritis. Mi respeto para quienes deciden ventilar su vida sexual y mi reprobación para quienes vulneran la intimidad ajena. En los tiempos que corren, el Código Penal ocupa el lugar reservado antes a la moralidad, a la conciencia y al párroco. Ya quedan muy lejos los días de mi pubertad, cuando, después de haber tenido durante  bastantes días un lío de faldas con una foto sebácea de Mamie Van Doren, me confesaba con guantes, temeroso de que al cura le pareciese que había desarrollado mano de remero.

José Luis Alvite

Deja un comentario