La sensatez y la furia

La sensatez y la furia
pintura de Flora Martinez

Puede ocurrir que en circunstancias extremas el pueblo se eche a la calle motivado por una pasión ciega y que en ese caso no pueda decirse que la suya es una actitud sensata, la consecuencia de un análisis previo y exhaustivo. Y sin embargo, conviene advertir que en las contadas ocasiones en las que la sociedad decidió históricamente contestar rabiosamente en la calle las decisiones de los políticos, lo hizo porque el suyo era un impulso natural e  incontenible, una decisión desesperada y perentoria, casi la consecuencia de un instinto. ¿Cabe esperar sensatez en medio de la angustia? Cuando arde un edificio, el tipo que siente las llamas a su espalda asomado a la ventana cincuenta metros sobre el suelo, no se lo piensa dos veces y salta al vacío. No lo hace como consecuencia de un razonamiento, sino como resultado del miedo. Sólo puede elegir su manera de perder la vida  y decide que estrellarse contra la acera es mejor que morir quemado. Algo parecido ocurre cuando, asfixiado por una angustia insoportable, el pueblo llano se echa a la calle. Se trata de elegir entre el estoicismo y la furia. Es inútil que en un momento de franca desesperación al pueblo se le pida que insista en reflexionar. No lo necesita. Es más, no le conviene. Sabe que él, el pueblo, es en sí mismo la razón. Lo que les asusta a los políticos es que la ciudadanía se plante y diga que está harta de ser considerada  un simple ingrediente de la estadística, un recurso plural y amorfo del que echar mano para que acuda a las urnas y  regrese luego a la duermevela de la resignación frente a esa inclemente rutina política que amenaza con convertir en cementerios las escuelas.

José Luis Alvite/larazon.es

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