Hubo un tiempo…

Hubo un tiempo...

Si la situación del país no cambia, o simplemente empeora, antes de que muchos de nuestros jóvenes tengan un puñado de buenas razones para reír, con seguridad habrán tenido sobrados motivos por los que llorar. No disfrutarán durante su juventud, como disfruté yo durante la mía, de momentos dulces con los que compensar los días amargos, ni tendrán, como tuvimos nosotros, líderes ideológicos cuya integridad les hacía parecerse tanto a los apóstoles. Probablemente muchos de ellos cobrarán su primer salario cuando ya no tengan ilusión para gastarlo o  hayan olvidado la manera de contarlo, igual que por culpa de habérsele acumulado el ayuno pierde su apetito el hambriento. No creerán que hace apenas dos generaciones, un hombre, cualquier hombre, podía ser feliz casi sin motivo y tenía que hacer verdaderos esfuerzos para no encontrar trabajo. Va a ser difícil explicarles qué diablos hicimos sus abuelos o sus padres para que aquel país próspero y alegre se haya convertido en un lugar en el que todo ocurre con tanto pesimismo, y es tan oscuro el porvenir, que no hay que descartar que a la vuelta de unos pocos años hasta les produzca cáncer la quimioterapia. ¿Encontraremos una explicación que darles? ¿Les diremos que perdimos hurgando en la Historia el tiempo que tendríamos que haber dedicado a pensar en el futuro? ¿Entenderán que no hayamos sido capaces de enterrar el pasado por culpa de pretender hacerlo con la misma  tierra que cubría los rencores, las culpas y los muertos?  Creerán que nunca fue cierto que muchos de nosotros vivimos unos cuantos años atrás en un país en el que alguna vez a los españoles nos pareció posible ventilar en la taberna lo que no habíamos sido capaces de resolver en la guerra.

José Luis Alvite/larazon.es

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