Furia y pedagogía

Furia y pedagogía
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Reconozco que a veces a lo largo de mi vida he encontrado verdadero placer en sentirme culpable del dolor de alguien. Tendría que haberme parado a buscar las razones por las que hice eso y nunca reflexioné sobre ello. Supongo que me comporté de ese modo porque la gente que sufre es más vulnerable y sucumbe con cierta facilidad ante quien comparte su dolor y la tranquiliza. También es posible que a lo largo de mi vida en algún momento me haya dado cuenta de que hay personas que necesitan el sufrimiento para despertar el interés de alguien que les consuele. A veces al ser víctimas de un daño, lograr el perdón de quien nos lo causa nos parece menos interesante que conseguir su compasión. Un tipo duro que solía pegarse en los garitos me dijo hace años que sus víctimas se defraudaban si no les sacudía tanto que acabasen por hacerle sentir compasión después de la paliza. Si les daba unos pocos golpes sin demasiada contundencia, se sentía culpable; pero si les arreaba duro, aquel tipo sentía el placer de que la sensación de culpa le conducía al placer de la compasión. Sabía que después de la paliza más terrible era capaz de dar lo mejor de sí mismo. Y le ocurría igual a cada una de sus víctimas. Recuerdo que el hijo de perra que una madrugada me derribó al suelo de un solo puñetazo en aquel garito y me ensangrentó la cara, me pareció un auténtico caballero cuando me tendió la mano para ayudarme a que me levantase. Fue capaz de lo peor y de lo mejor y por mi parte creo que supe estar a la altura. Fue una noche de furia y pedagogía. El caso es que después nos arrimamos a la barra y casi nos peleamos de nuevo por el honor de pagar las copas. Y todo gracias a que él obtuvo mi gratitud y conseguí yo su compasión.

José Luis Alvite/larazon.es

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