Estatuas y viudas

 Estatuas y viudas

Me sobrecoge el espectáculo de los ciclistas apretando los riñones y los dientes en esas rampas de los grandes puertos en las que hasta parece que les cueste remontar el camino a las rayas blancas pintadas en el asfalto. ¿Es sólo el pundonor lo que los mueve? Flota siempre en el aire la desconfianza sobre la dieta de los ciclistas, la sospecha de que es imposible mover esos desarrollos durante tanto tiempo en carreteras tan empinadas que yo creo que tendría que doparme incluso para bajarlas montado en una bicicleta. Yo no dudo de la capacidad natural de los ciclistas, igual que creo en el temerario coraje de los soldados cuando son capaces de esas gestas bélicas que sólo parecerían al alcance de los locos. Se requiere para el esfuerzo deportivo el mismo desaforado entusiasmo que en muchos casos necesitan los hombres para el ejercicio del patriotismo en circunstancias extremas, cuando para alcanzar una posición batida con saña por la artillería enemiga se sabe que un hombre corriente sólo reuniría  tanto coraje si previamente se le administrase una dieta rica en carajillos. Hay quien cree que una persona sensata jamás podría ser una persona arrojada y valiente, y que los actos verdaderamente heroicos están reservados por lo general a los hombres que pierden con facilidad los papeles y si acometen una tarea titánica es precisamente porque el heroísmo suelen ser el resultado inesperadamente afortunado de una decisión descabellada, la feliz y sorprendente consecuencia de lo que en principio parecería un grave error. Será precisamente por eso que las guerras las ganan al precio de sus vidas los valientes, pero las disfrutan sin arriesgar las suyas los cobardes. Uno le echa un vistazo a la Historia y se da cuenta de que así como del político cobarde quedan para la posteridad sus frases, su cinismo y su estatua, del valiente por lo general sólo nos queda su viuda.

José Luis Alvite/larazon.es

(Pintura de Isaac Montoya)

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