Estatuas y perros

Estatuas y perros

En síntesis, la pulsión independentista catalana ha hecho eclosión en las calles y el señor Mas se encuentra en una posición incómoda porque el núcleo duro de su partido ha planteado una jugada en la que va a ser difícil que quede el naipe en el aire. No sirve a partir de ahora la vieja ambigüedad que les permitió a los nacionalistas ofrecer sensatez y moderación a cambio de ventajas económicas para Cataluña. Esta vez los convergentes tendrán que asumir el independentismo en sus programas electorales y quedar a expensas de que sus votantes les fuercen desde la calle a dar pasos políticos que hasta ahora nadie quería dar. A raíz de la clamorosa manifestación barcelonesa, en la actitud de CiU el independentismo ha dejado de ser un recurso dialéctico de carácter táctico para convertirse en una amenaza programática, en un objetivo real que tiene una salida compleja, en el supuesto de que Madrid acepte un diálogo en los términos de  exigencia concluyente que ofrecen los gobernantes catalanes al reclamar una estructura estatal para Cataluña. Hay quien dice que en el fondo lo que pretende el Gobierno catalán es más dinero de la Hacienda española a cambio de prorrogar la vieja ambigüedad. Pero yo, que soy desde siempre un poco escéptico, creo que lo que late en el fondo de ciertos independentistas es el ansia de convertirse en padres fundadores de cualquier clase de patria y que el paso del tiempo consagre su nombre en la Historia, estampe su perfil en un sello o perpetúe sus rasgos en una estatua. En ese supuesto, más que de un caso de conciencia, el nacionalismo se trataría de un acceso de vanidad. Las de la eternidad y la gloria son viejas obsesiones de muchos políticos. La Historia está plagada de personajes cuyas estatuas sólo tienen sentido para que tengan más sitios en los que mear los perros.

José Luis Alvite/larazon.es

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