El niño frente al hombre sin rostro

El niño frente al hombre sin rostro

El mexicano rebasó 12 vidas, a unas por el carril del medio y a otras por el del miedo. Llegó segundo en Monza. Es como Wimbledon, Wembley, St. Andrews, el Madisson Square Garden… Uno de esos campos noctámbulos donde alguna vez los hombres, antes de volverse deportistas vivieron una noche. Dan fe de bautismo al ídolo. Ganar allí, ser protagonista allí, te arranca un pedazo del pasado: naciste para ser campeón. Sergio Pérez escoltado por Lewis Hamilton y Fernando Alonso subió a un podio que la Fórmula Uno necesitaba para volver al origen, recuperar la raza; tres pilotos pura sangre. Sin marcapasos ni bypass ni aleaciones ni articulaciones de titanio. Cada uno expresando a su estilo ese misterio que sólo el automovilismo reconoce: vivir despacio y morir de prisa. A 300 km/h Sergio Pérez es un pequeño artista, no hay en este momento un piloto con manos tan suaves y trazo tan firme como las del mexicano. Un corredor que domina mil caballos de fuerza con la gracia del domador. Pérez amansa las bestias. Hamilton es diferente. Un salvaje. Dueño de una audacia suicida conduce en dirección al abismo. Un insensato en la pista que a golpes aprendió a controlar el instinto del clásico león británico; un carretero medieval. Y Fernando Alonso, es un híbrido, llamémosle un poeta de la generación del ‘75: difícil de domesticar. La carrera de Monza funcionó como recuerdo. En medio de los tres jinetes apocalípticos apareció el piloto fantasma, aquel que como ellos un día pudo escapar de la muerte: Niki Lauda. El hombre sin rostro con las facciones calcinadas y el alma en carne viva cedió la palabra a Sergio Pérez, quien todavía, con voz de niño, confirmó que el futuro de México está en manos de la juventud.

José Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo/mileniodiario

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