El divorcio

El divorcio

Existen en España decenas de miles de parejas que tienen el mismo problema que los nacionalistas catalanes. Se quieren divorciar, pero resulta carísimo. Ante esa tesitura, deciden aguantar y hacer cada uno la vida por su cuenta sin romper el vínculo. Lo contaba Tip. Un matrimonio compuesto por un hombre con 101 años y una mujer de 98 se presentan en el Juzgado para solicitar el divorcio. El juez se muestra sorprendido. En nombre de los dos, habla el marido. «Señoría, no nos soportamos. Y al fin tenemos la oportunidad de separarnos». Su Señoría les formula la pregunta de cajón: «¿Porqué han esperado tanto tiempo para hacerlo?». Y el marido responde. «Porque no queríamos dar un disgusto a los niños». Hasta que no falleció el último de los niños, el matrimonio superó todas las adversidades que procura una convivencia obligada y ficticia.

El nacionalismo catalán, con ayuda del socialismo y el comunismo, sigue aguardando a que se mueran los niños para solucionar sus problemas con el resto de España. Hasta ahora, España ha sido siempre la gran excusa. España nos arruina, España nos impone, España nos condiciona y España no nos quiere. Se olvidan, en ese destrozo anímico que las malas relaciones establecen, de las virtudes de su pareja. Los españoles son nuestros mejores clientes y compradores, somos españoles desde hace seiscientos años, y gracias a nuestra pertenencia a España, formamos parte de Europa y de la zona del euro. Si nos divorciamos, será lógico que el resto de los españoles se planteen su lealtad mercantil, abandonaremos la Unión Europea y nos veremos obligados a crear nuestra moneda, si bien las deudas contraídas previamente tendremos que pagarlas en euros. Mejor llevarnos mal que divorciarnos.

Sucede que esta desavenencia matrimonial entre Cataluña y el resto de España no es compartida por el resto de España. Uno sigue queriendo profundamente a Cataluña, y una parte considerable de Cataluña, odia y aborrece a quien le quiere. Independizarse por las malas es muy fácil. No entra en cabeza humana que el Estado Español recurra a sus obligaciones constitucionales y siembre de carros de combate las tierras y ciudades de Cataluña. Europa está plagada de movimientos nacionalistas y cualquier consecución de escisión en uno de sus Estados alimentaría los contagios. La defensa de la integridad territorial de sus naciones está más en manos de los banqueros que de los soldados. Y ese obstáculo, el de la economía, es el que impide que la Cataluña nacionalista no imponga a la Cataluña española el divorcio que España no desea.

Fuera de España, Cataluña oscurecerá su futuro y perderá para siempre la excusa. A partir de ese momento, los catalanes sólo podrán culpar a sus políticos nacionalistas del desastre. Huirán empresas y personas. Las costumbres y las tradiciones no se quiebran así como así, por obra y gracia de una «Diada» o los victimismos de unos cuantos descerebrados. Europa sabe, conoce y ha sufrido en demasía las consecuencias de los nacionalismos, de los localismos y los aldeanismos. El divorcio es posible, pero excesivamente caro para  compensar sus perjuicios.
Para mí, que ni los niños tienen intención de morirse ni los padres de divorciarse.

Alfonso Ussía/larazon.es

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