De la Luna a Marte

De la Luna a Marte

Julio de 1969. Tengo poco más de cinco años y vivo —sin demasiada conciencia— uno de esos días singulares que a lo largo de nuestra existencia sirven para preguntar: ¿dónde estabas? ¿Qué hacías? Mi respuesta, dentro de lo borroso del recuerdo, es simple: el 20 de julio de ese año, como millones de personas en todo el mundo, estaba en casa viendo por televisión las increíbles imágenes de la llegada del primer hombre a la Luna. Gracias a un aparato Telefunken (blanco y negro) y al milagro de la transmisión que realiza la NASA, soy testigo de los brinquitos que pegan en nuestro satélite natural Neil Armstrong y Buzz Aldrin, y de cómo plantan allí la bandera de Estados Unidos.

Por un tiempo, esas imágenes nos persiguen día y noche en todos los medios y de mil formas. No es para menos. Una de las ficciones más acariciadas en la historia de la humanidad se ha materializado. El sueño apadrinado por Julio Verne o Georges Méliès deja su lugar a un sinfín de documentales, crónicas e historias que refieren el trascendental acontecimiento. La conquista del espacio alcanza uno de sus grandes hitos.

De tan inverosímil que resulta lo que hemos visto, casi de inmediato surgen toda clase de dudas y sospechas propias de un mundo en el que la ignorancia y la superchería siempre se abren paso fácilmente. La especie más socorrida es que la llegada del hombre a la luna es puro cuento: todo fue filmado en un desierto, dicen algunos (los verdaderos lunáticos); se trata de un montaje que el imperio ha planeado para engañar al mundo acerca de su superioridad científica y tecnológica; es parte de la guerra fría en su faceta propagandística.

Igualmente, después se afinaría una leyenda que es mucho más divertida. Supuestamente, cuando Neil Armstrong se paseó por el suelo lunar dijo algo más que la conocida frase “Un pequeño paso para el hombre, un enorme salto para la humanidad”. También pronunció otras palabras más misteriosas:

Buena suerte, señor Gorsky.

En el espacio de Internet, en el que viajan toda clase de rumores y versiones fantásticas de la realidad, la presunta anécdota se cuenta así:

“Mucha gente de la NASA pensó que sería un comentario casual acerca de algún cosmonauta soviético rival. Sin embargo, tras comprobarlo, no se encontró ningún Gorsky en ningún programa espacial, ni ruso ni norteamericano. A lo largo de los años, mucha gente interrogó a Armstrong acerca del significado de su comentario «Buena suerte, señor Gorsky», pero Armstrong se limitaba a sonreír siempre, sin decir nada.

“Pero hace algunos años (el cinco de julio de 1995 en Tampa Bay, Florida), mientras respondía preguntas tras un discurso, un periodista sacó a relucir la famosa pregunta de 26 años de antigüedad. Esta vez por fin respondió. Mr. Gorsky había muerto, por lo que Neil Armstrong sentía que podía dar solución a la pregunta.

“Cuando era un niño, estaba jugando al beisbol en el patio trasero con un amigo. Éste golpeó una bola con fuerza y la hizo aterrizar enfrente de la ventana del dormitorio de sus vecinos. Éstos eran el señor y la señora Gorsky.

“Cuando Neil se inclinaba a recoger la pelota, oyó a la señora Gorsky gritándole al señor Gorsky:

‘¡¿Sexo oral?! ¡¿Quieres sexo oral?! ¡Tendrás sexo oral cuando el chico del vecino se pasee por la luna!’”

Cierto o no, como chiste no está nada mal.

La muerte de Armstrong coincidió con el envío de las sorprendentes imágenes de Marte que realiza el robot Curiosity y con dos plenilunios en un mismo mes (fenómeno que no ocurrirá de nuevo sino hasta julio de 2015). De las imágenes marcianas no faltará quién dude de su veracidad y diga que es una nueva patraña de la NASA (que de seguro tomó simplemente locaciones en el Gran Cañón o un sitio por el estilo), pero la aventura espacial continúa y sigue trayéndonos todo ese futuro que hace un tiempo sólo estaba al alcance de la ficción.

En fin, seguiremos viendo la luna y hacia Marte, pensando en Armstrong y todos los astronautas que le seguirán. Pero siempre, antes que nada, seguirá siendo cierta la greguería del gran Ramón Gómez de la Serna: mirando la luna nos ponemos bizcos de soledad.

Ariel Gonzázlez Jiménez/mileniodiario

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