Cometas de mármol

Cometas de mármol

Fin de vacaciones. Un viaje de muchos kilómetros por carretera, con árido calor en las llanuras y penumbra casi de lana en el Norte. No he visto alegría en los lugares en los que estuve. Calor y una pobreza consumada que convierte España en un cementerio mal hablado en el que ya no hay tierra para todos e incluso sudan en su soledad los muertos. En Los Monegros era de leña el viento y sobrevolaban la esquela del aire unos pájaros ferruginosos y polvorientos que se posaban a veces en un somier de arbustos crispados como esqueletos de un color verde sobado por ese sol implacable y marrón que deja al descubierto en los ríos las vísceras leguminosas del agua, la sintaxis gris de las truchas deletreadas por la pudricie. En Barcelona, interminables columnas de turistas con el rostro empanado por la rutina para entrar al templo de la Sagrada Familia bajo un contundente sol de artillería que invitaba a refugiarse en los hornos de las panaderías. Mucha gente en la calle y las terrazas muy poco concurridas, como si, azotada por la crisis, la gente hiciese cola para no sentarse en ellas. En cambio se conserva en las tierras del Norte esa vieja elegancia contenida  y abrigada que brota con la abstracción y con el frío, ese estilo ensimismado y severo de la gente acostumbrada a una felicidad relativa y poco exultante, el júbilo mórbido de los pueblos que saben que con frecuencia la felicidad es un error que sólo se pueden permitir los insensatos, el derroche temerario de quienes no acaban de entender que, en la búsqueda del placer, el corazón y la cabeza son dos buenos recursos cuando, por lo que sea, a nuestras manos les falla el bolsillo. El mío de este verano fue un retrospectivo viaje obituario. Y ahora estoy en casa y recuerdo que de niño imaginaba España como un jubiloso cementerio sobrevolado por vistosas cometas de mármol.

Bienvenido a José Luis Alvite/larazon.es

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