China en chino

China en chino

Si a veces resulta difícil entender a una persona, habrá que imaginar la manera de entender a unos mil 350 millones de individuos. Nada fácil en absoluto. Y menos si están al otro lado del mundo. En China, pues. Para empezar, no hay modo de explicar de manera clara y cierta por qué diablos los niños chinos son noticia casi todos los días para la prensa del mundo entero, que da cuenta siempre con fingida sorpresa de un niño atrapado en una coladera o entre los barrotes de un barandal, pendiendo del borde de un balcón, de una ventana o escapando milagrosamente de ser atropellado en la calle, por un tren o un convoy del Metro. Pareciera que los niños chinos viven la vida al modo de Indiana Jones, eternamente al filo del peligro mortal. Por si fuera poco, chicos y grandes mueren por decenas si tiembla, si llueve, si hace calor, si hace frío, si se atascan en el tráfico, si se cae un cerro o se desbarranca un autobús.

Por alguna razón que tiene que ver con su capacidad reproductiva, los chinos que sobreviven a toda suerte de peligros cotidianos tienen que ver siempre con estadísticas de un montón de ceros, en una nación en la que las autoridades deben lidiar cada hora del día con millones y millones de problemas relacionados con una población descomunal. Se registran allá al año 13 nacimientos por cada mil habitantes, mientras que mueren siete. Al mismo tiempo, mueren por una u otra razón 26 niños menores de un año y 31 menores de cinco por cada mil. Poco más del 16 por ciento de la población vive con menos de un dólar al día en un país con un índice bastante bajo de desempleo, alrededor del cuatro por ciento, mucho mejor que en cualquier nación altamente desarrollada.

Con la ambición desmedida que las caracteriza, las eternas empresas trasnacionales han tratado desde hace tiempo de hacer allá el negocio de su vida, aprovechando la mano de obra barata que ofrecen millones de individuos. Hace unos años, McDonald’s, Kentucky Fried Chicken y Pizza Hut fueron demandadas por los sindicatos oficialistas y el gobierno por sus abusos contra sus empleados. La primera se ha establecido allá con unos 800 locales en los que laboran alrededor de 50 mil empleados, en tanto que las otras dos operan juntas más de dos mil sucursales, atendidas por unos 100 mil trabajadores. Les pagaban en promedio 50 centavos de dólar por hora.

Más arriba de la miseria de muchos, en los pisos más altos del colosal edificio de la sociedad china, el gobierno y su burocracia se dan el lujo de vivir el comunismo desde los gloriosos placeres del capitalismo. Y tienen todo lo necesario para celebrar su increíble éxito. Han hecho del país una potencia económica situada en una fase superior del capitalismo, lo que le permite tranquilamente la exportación de capitales, de modo que casi todas las naciones del mundo, en particular las europeas, los han visto crecer a lo largo de los últimos años como una amenaza financiera, y han visto hace poco con los ojos desorbitados de terror cómo se fueron de compras a Europa y se hicieron de buena parte de la deuda de los países que llevan rato tratando de sacarle el bulto a la quiebra.

El fenómeno parece cuando menos de características feudales. Las contradicciones son abismales en un programa sociopolítico que ha suprimido del esquema comunista la propiedad colectiva de los medios de producción. Todo para el Estado y sus dirigentes, poco para el pueblo. Sin embargo, China es el único país del mundo que ha conseguido lo que parecería imposible por sus inmensas numeralias: prácticamente cada uno de sus habitantes cuenta con un teléfono celular.

Y habría que tomar en cuenta que los chinos podrían ser más. De acuerdo con las estadísticas locales, la ley que puso en marcha el gobierno hace poco más de 30 años, que impide a las parejas tener más de un hijo, ha evitado a unos 400 millones de individuos sumarse al crecimiento poblacional. Como todas las leyes, ésta tiene sus excepciones, que en algunos casos específicos permiten la procreación a ciertas familias más allá del hijo único. Pero cuando se aplica ciegamente es bastante brutal: no hace mucho, una mujer de 23 años fue obligada a abortar un embarazo de siete meses cuando las autoridades se enteraron de que esperaba una segunda hija. Cuando el escándalo rebasó las fronteras del país y se hizo internacional, recibió una indemnización de 11 mil dólares.

En ese contexto se les entiende menos. Parece imposible hallarle una explicación a tanto niño atrapado en el fondo de una coladera, muertos en accidentes de autobús o colgando de un balcón.

Deveras que está en chino.

Héctor Rivera/mileniodiario

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