Anna Tarrés

Anna Tarrés

La de la belleza artística no es una conquista fácil, ni lo es tampoco el logro de la excelencia en cualquier actividad. A veces la exquisitez está al final de la angustia, incluso al otro lado de terribles sinsabores, nunca más cerca del placer, que del dolor. De lo resistente que cada uno sea a la dureza de los inconvenientes dependerá que el camino hacia el éxito valga la pena o sea mejor arrojar la toalla y desistir de él. La ex seleccionadora nacional de natación sincronizada, Anna Tarrés, acaba de ser vapuleada públicamente por un grupo de nadadoras agrupadas para la ocasión en torno a la causa común de denunciar sus agresivos métodos de persuasión, más propios del Cuerpo de Marines, por lo visto, que de una manifestación deportiva que lo que persigue no es la aplastante victoria militar, sino la delicada pose de la belleza estética y anfibia de un puñado de chiquillas asustadas por la disciplina, cautivadas por la dulce feminidad del agua y a la vez tentadas por la gloria. Cuesta imaginar que a tanta y tan equilibrada belleza coral hayan tenido que llegar esas muchachas azuzadas por los improperios soeces de su seleccionadora, esa Anna Tarrés retratada como una fría e implacable matrona de tungsteno, un ser descorazonador y árido, una mujer que, de acuerdo con los rasgos emocionales que denuncian las chicas, entiende mal que un hada de la natación pida permiso para no vomitar en el agua. Se comprende que el deporte de alta competición tiene sus exigencias y es evidente que nadie ha llegado jamás a la cima del Everest caminando cuesta abajo. Lo que no se entiende muy bien es que alguien como la denunciada Anna Tarrés se conduzca en el deporte con una crueldad y una dureza  propias de la guerra. Algo falla en la belleza si, concluida la obra, el rostro dibujado le escupe en la cara al autor del retrato.

José Luis Alvite/larazon.es

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