Adolescencia con perro

Adolescencia con perro

Me lo dijo de madrugada un hombre de mundo y creo que aquel tipo no estaba en absoluto equivocado: «Trabaja duro y vive como quieras. Procura que lo peor de tus sueños sea siempre el somier y preocúpate de la moralidad solo en el caso de que la mala conciencia no ceda con el bicarbonato. La vida hará que seas cada  día más maduro, muchacho, pero si te dejas llevar por tus instintos estoy seguro de que cada poco tiempo, y hasta el borde mismo de la muerte, conseguirás ser otra vez adolescente. A veces los grandes principios son solo un engorro. Administra bien la seriedad y evita el exceso de miedosa prudencia que suele acarrear  la sensatez. No olvides que hay techumbres que se vienen abajo por culpa del peso de las vigas que en teoría las sostienen». Sé que el recuerdo de lo que me dijo es un canto a la irresponsabilidad y no me importa reconocer que el suyo fue un consejo que seguí sin necesidad de mucho esfuerzo. Aunque no tengo nada en contra de los santos, ni hago chiste de los hombres de provecho, creo que mis mejores sueños los tuve gracias a los remordimientos que tantas noches me impidieron dormir. En el fondo he tenido suerte porque pude malograrme sin necesidad de corromperme, de modo que si mi historia no ha sido la que los míos esperaban que fuese, también es cierto que jamás arrastré adrede a nadie en mis caídas, ni esperé la mano de alguien para probar a levantarme. Con el tiempo y la acumulación de errores aprendí que si para algo sirve la experiencia es para saber que nunca es tarde para sustituirla por los benditos errores de la adolescencia, ese periodo de la vida en el que un hombre tiene tanta fe en sí mismo que juraría que será capaz de enriquecerse trabajando de lazarillo para un perro ciego.

José Luis Alvite/larazon.es

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