Tu libertad termina donde empieza la mía

Tu libertad termina donde empieza la mía

Pertenezco a una generación que estudiaba en colegios o en escuelas «chicas con chicas» y «chicos con chicos»; ni estoy traumatizada, ni creo que sea segregacionista, ni para escandalizarse. Tampoco creo que las clases mixtas sean mejores ni peores. Son, simplemente, opciones diferentes. ¡Qué manía tienen los gobernantes de decirnos cómo tenemos que vivir nuestras vidas! ¿Acaso tienen miedo de la libertad de pensamiento, o consideran que las  personas que asumen la responsabilidad sobre su destino son «peligrosas»? Un Estado que se empecina en organizarle la vida a los ciudadanos y usa el «te castigo de cara a la pared si no haces lo que te digo» o «te premio si acatas mis consignas» es uno con vocación de manipulador y teme la libertad, la originalidad y la genialidad. Una sociedad ha de ser diversa, debe elegir y asumir sus decisiones. Nadie tiene la verdad absoluta sobre nada, por eso una sociedad madura es aquella que aprende a tomar sus decisiones y se responsabiliza de los resultados (tanto si le gustan, como si no). Como «coach» enseño a la gente a atreverse a tomar sus propias decisiones, y por más que me planteen «¿Qué hago?», me niego a darles una «receta», ya que sólo dicha persona tendrá las consecuencias de sus acciones. Es más, sólo uno es igual a sí mismo, esto es, sólo uno tiene sus capacidades, su manera de entender la vida y sus valores. Por consiguiente, ha de escoger entre ser fiel a sus principios o como Groucho Marx optar por «si estos no le gustan, tengo otros».

Rosetta Forner/larazon.es

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