Tiburones

 Tiburones

Divierten los rumores veraniegos. Ayer me lo aseguró un avezado lobo de mar. «Se han visto tres tiburones blancos en la bahía de Santander». En un verano tan raro como éste, con veinticinco días seguidos de calor y sol en el norte de España, puede ocurrir cualquier cosa. Pero no me encajan tres tiburones blancos en la bahía santanderina, y de haberla visitado, se habrán marchado asustadísimos. No caben tantos tiburones en una bahía abarrotada, dominada por completo por el imperio humano. Los montañeses y los veteranos veraneantes no salen de su asombro. La lengua verde del Cantábrico, la que principia en Galicia en la unión de los mares y muere en el Cabo Híguer de Fuenterrabía, última roca de España, está sedienta y desorientada. Los que han veraneado en el norte por vez primera se van a creer que esto es jauja. Las hojas de las hortensias presentan un desánimo y decaimiento que dan ganas de abrazarlas y darles un sentido pésame. Las buganvillas, que viven para el sol y por el sol, achicharradas. Todo es diferente, pero no tanto como para aceptar con naturalidad la presencia de tres tiburones blancos nadando por las cálidas aguas de Santander, que han adoptado temperaturas caribeñas. No obstante, un amigo ecologista coñazo, especializado en agujeros de la capa de ozono y el efecto invernadero, ha alquilado una vieja pedreñera, de las bonitas y tradicionales, y se pasa horas y horas buscando las sombras de los tiburones, porque según sus cálculos científicos, el Cantábrico se ha vuelto tan rematadamente loco que los próximos que van a visitarnos son los pelícanos. El tiburón blanco no soporta las aguas excesivamente cálidas, y el Cantábrico presenta este verano temperaturas de sopa de fideos. Otra cosa es el Mediterráneo. En los mares de Córcega y Cerdeña se ubican dos de las maternidades más fecundas de tiburones blancos del mundo. Según un reportaje de la «National Geographic», viven un año en aquellas aguas y posteriormente emigran. Sus residencias favoritas son la bahía de Perth en Australia, y el Cabo de Buena Esperanza, en África del Sur, donde se ponen morados de focas y leones marinos. En Santander lo tienen más crudo, aunque no falten las focas, que son diferentes, como en el resto de las zonas costeras de España. Ellos prefieren las genuinas, las de verdad, las focas de toda la vida.

Mi amigo ecologista coñazo me ha informado que ayer vio la sombra de un enorme tiburón blanco en las inmediaciones de los farallones de Cabo Mayor. Hacia allá navegaron algunas embarcaciones, y los marineros y pescadores de la zona le hicieron ver que aquella sombra lleva en ese lugar siglos y siglos, por tratarse de una roca alargada que reposa en los fondos. Pero se ha creado un debate, y eso anima los comentarios de barra durante los aperitivos. Nada más lejos de mi intención que perjudicar la estupenda temporada turística que el sol y el calor han proporcionado a la provincia de Santander este verano. Pienso en la película «Tiburón» y se me ponen los pelos de punta y la carne de gallina. Me pinchan y no sangro.

Lo que le faltaba a nuestro turismo. Tres tiburones blancos dispuestos a comerse a un bañista en el Sardinero, el Puntal, la Magdalena o Biquinis, así llamada ésta última por ser la única playa en la se admitía el biquini durante los años más castos del franquismo. Pero de igual forma que no me lo creo y que me suena el rumor a una aurora boreal, tampoco hay que negarlo rotundamente. Los negocios turísticos del Lago Ness se arruinaron cuando un pelmazo de científico demostró que «Nessie», el monstruo, era consecuencia de la imaginación humana. El verano ha estado loco. Y la locura permite cualquier sorpresa, incluida la de tres tiburones blancos enamorados de la bahía de Santander.

Alfonso Ussía/larazon.es

Deja un comentario