Quieren llegar para quedarse

Quieren llegar para quedarse

Eso es lo que los políticos aspiran para sus partidos y desde luego para beneficio de ellos mismos. Para esto es frecuente que se apoyen en la mejoría de la pobreza. Pero ¿cuál mejoría? Padecen de pobreza extrema 45 millones de mexicanos o más, las cifras cambian. Como fuere, no tendría que haber un solo mexicano hambriento, destruido por la pobreza extrema. Ahora que los padres golpean menos a los niños para “educarlos”, ahora que los niños reciben menos malos tratos, de todas maneras muchos pasan hambre, la peor de las enfermedades.

Francisco Labastida, que en el año 2000 perdió las elecciones que ganó Fox, afirma que la mejoría de los pobres hará que el PRI “llegue a la Presidencia para quedarse”. Esperemos que sea así, no porque un partido u otro llegue a la Presidencia, sino porque si los pobres mandaran, menos pobres habría, lo cual debió suceder desde hace tiempo. Pero seguimos sumidos en aquello de “nosotros los pobres y ustedes los ricos”. Presume nuestro país de ser nación del primer mundo, pero ¡cuánta pobreza hay aquí! Y como causa principal de la pobreza, ¡cuánta ignorancia!

Hay quienes no aceptan que la cultura da felicidad. La que pobres y ricos o ricos y pobres pueden disfrutar, aunque no sean cultos, al ver un cuadro, aunque sea la foto de un cuadro, de Matisse, o los azules de Chagall, o lo que expresaron Van Gogh, El Greco, los impresionistas y los expresionistas, y desde luego Picasso, Leonardo da Vinci, Ticiano, Matisse, Murillo, Modigliani, Dalí —ese reloj doblado, colgado en una playa— y tantos más. En México, ante todo, Diego Rivera.

Estaba yo un día en el aeropuerto de México cuando de un avión bajó Diego y los periodistas corrieron a entrevistarlo. Uno de ellos le dijo: “Maestro, cómo se llama ese gorro que trae usted puesto”. A lo que Diego contestó: “es un gorro para cabrones”.

Disfrutar también de la música dodecafónica de Schöenberg, poder comprenderla. Todos, pobres y ricos, podemos disfrutar de los placeres del arte. Placeres elementales para jóvenes y adultos. Para quienes hemos tenido la suerte de asistir a universidades como la Autónoma de México o como la Ibero.

Pero me urge hablar de un excelente escritor mexicano que no muchos conocen y cuya obra debería ser muchas veces reimpresa y leída. José Carlos Becerra nació en Villahermosa, Tabasco, y murió en Italia en 1970. Tenía 33 años. Dejó una obra fundamental en la poesía mexicana del siglo XX. Estaba en Italia gracias a una beca de la fundación Guggenheim cuando en un accidente, cerca de San Vito de Normando, perdió el control de su pequeño auto, cayó en una cuneta y murió instantáneamente. Muchos de sus poemas quedaron inéditos, José Emilio Pacheco y Gabriel Zaid trabajaron durante tres años en el rescate de los textos de Becerra que él llevaba en su automóvil y así pudo publicarse en 1973 el libro El otoño recorre las islas, que reúne varios textos de Becerra, entre ellos el titulado Cómo retrasar la aparición de las hormigas. El prólogo es de Octavio Paz y dice: “Los poemas de Cómo retrasar la aparición de las hormigas son la historia de su búsqueda. El verso se hace más corto y los temas colindan con esa zona donde el absurdo se alía a lo sórdido y lo fantástico a lo atroz. El humor se extiende y ocupa casi todo el poema. Un humor amargo, rabioso y que no ha aprendido a reírse de sí mismo. Más que humor, sarcasmo, befa. La poesía contra el poema: el poeta Becerra en lucha contra sí mismo”.

José Carlos Becerra estudió arquitectura y también letras en la UNAM, asistió al taller de Juan José Arreola y en 1966 ganó el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes. Fue becario del Centro Mexicano de Escritores de 1967 a 1968. Colaboró en periódicos y revistas culturales de prestigio, entre ellas Diálogos, dirigida por Ramón Xirau, Cuadernos de Bellas Artes y la Revista de la Universidad. También en la revista Siempre. Y escribió excelentes guiones para la radio.

En Cómo retrasar la aparición de las hormigas, escribe Becerra:

Encontrarnos allí/ entre el germicida de una creencia/ y el bastón de mando/ ya roto de un jefe indio, /amarnos furiosamente sin vernos/ preparando el cuello de la víctima, /arrancándole al tirano el diente con el que sonría/ el pie con que aproxima su deseo/ a la secretaria recién adquirida, / repito de nuevo encontrarnos allí, repitiendo de nuevo las frases de siempre, bla,bla,bla, / piezas móviles en la teoría de la realidad/ del género humano/ especulación sentimental/ erizo de mar.

Maruxa Vilalta/excelsior.com.mx

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