¿Quiénes se imponen a quién?

¿Quiénes se imponen a quién?

Quienes hablan de que Enrique Peña Nieto solamente obtuvo una fracción del total de los votos en las pasadas elecciones –pretendiendo, con ello, restarle representatividad— ignoran uno de los principios torales de la democracia: el sistema implica forzosamente un acuerdo convenido entre las partes para compartir el mismo espacio público a pesar de las diferencias ideológicas.

Dicho en otras palabras, vivir bajo las reglas fijadas en un régimen democrático entraña la obligación de convivir con el otro y, digamos (en el peor de los casos), de resignarse a que el adversario lleve las riendas de la nación en el caso de que cierta cantidad de ciudadanos, así sea por una mínima diferencia, determine en las urnas que así sea.

Pero, ¿qué está ocurriendo en México en estos momentos? Pues, que no escuchamos, en el caso de una parte sustancial de quienes no lograron que su candidato fuera elegido, un discurso con referencias a porcentajes, distritos ganados, preferencias electorales y meros resultados de una competencia sino denuncias de trampas varias y, sobre todo, el término imposición.

¿Cómo es que puede introducirse en el escenario de una contienda democrática una palabra parecida? Y ¿cómo, en todo caso, es que se habla de la antedicha “imposición” si los ciudadanos de este país votaron libremente y si el simple hecho de acudir de manera perfectamente voluntaria a las urnas no implica en lo absoluto un acto de dominio de nadie sobre nadie?

Tres millones de mexicanos organizaron y supervisaron el proceso electoral. O sea, que somosnosotros los directamente responsables de las cosas. Y, que yo sepa, no hay inconformidades expresadas por los participantes ni denuncias que ellos mismos hayan hecho en su condición de representantes de los diferentes partidos.

Cientos de miles de inspectores de diversas proveniencias y filiaciones partidistas firmaron las actas sin mayores problemas de conciencia y sin inscribir objeciones particulares.

Esa gente, ¿no importa, no cuenta, no vale? Su actuación, ¿no es respetable y no se puede tomar en cuenta? ¿Son acaso, cómplices de la tal “imposición”?

Pero, sobre todo, ¿por qué estos números millonarios dejan de pronto de tener importancia y por qué se borra, de un plumazo, la realidad entera de una organización tan colosal, tan ejemplar y, encima, tan adaptada, luego de lo ocurrido en 2006, a las exigencias de esas fuerzas de la izquierda que reclaman, exigen e impugnan y que, por ello mismo, gozan ahora de mayores prerrogativas? Las autoridades electorales tomaron en cuenta las demandas y las protestas del PRD al promulgar el actual Código Electoral. Pero, por lo visto, nada es suficiente.

Y, luego de las farragosas negociaciones para conformar la lista de los consejeros del IFE y de que fueran acordados nombramientos de ciudadanos afines al partido del sol azteca, ¿no debiera bastar esta saludable muestra de pluralidad para que la institución no reciba las toscas arremetidas de la izquierda?

Pues no, nada de esto sirve para siquiera apaciguar las reclamaciones y para mitigar las acusaciones, por no hablar de los improperios, los infundios, las mentiras y las falacias. Hablan, ellos, de democracia y su postura es la menos tolerante que uno pueda imaginar en una sociedad abierta. Denuncian una “imposición” y son ellos los que se imponen al resto de la nación aduciendo que su candidato obtuvo 15 millones de votos. Es cierto: pero, 15 millones de votos son menos votos que 18 millones de votos.

Y no están dispuestos a acomodarse tranquila y ordenadamente a las nuevas realidades de un país, el nuestro, que ha hecho grandes esfuerzos para mejorar sus instituciones y para modernizarse políticamente. Y lo peor es que se dejan llevar, en su rudimentario obstruccionismo, por los arranques de un personaje al que motivan las más personalísimas de las ambiciones.

¿Democracia? Ya la tenemos. Pero ellos no están listos. Ni quieren estarlo.

Román Revueltas/mileniodiario

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