¿Quién va a educar a mi perro?

 ¿Quién va a educar a mi perro?

En mis tiempos, cuando tenías un perro, el único profesional que debía aparecerse por ahí era el veterinario; ya saben, para las vacunas, la desparasitación, el moquillo y poco más. Hoy, la gente te aconseja que lo lleves, al animal, a un lugar donde lo eduquen y le enseñen cosas; y hay negocios también para bañarlo y que le cepillen el pelo. O sea, que interviene en el tema una auténtica corte de especialistas y, desde luego, todo esto a punta de billetes sacados prontamente de la cartera.

Tampoco había en mis épocas “nutriólogas” y comías lo que te venía en gana. Éramos, sin embargo, menos gordos y, en todo caso, para adelgazar se aplicaba una receta infalible: comer menos.

No quiero parecer un vejete nostálgico, estimados lectores, sino consignar, simplemente, que el mundo se ha llenado de “prestadores de servicios” —con perdón del terminajo— que intervienen en cada circunstancia posible de la vida moderna. De toda esta legión, a los únicos que hubiera yo acogido calurosamente en esos tiempos pasados es a los psicoanalistas y a otros terapeutas de diverso pelaje. Es más, su participación sigue siendo prácticamente urgente en un país, creo yo, que no se ha enterado de que Freud existió; México, entre otras cosas, es un país de niños malcriados que rinden una constante veneración a esa madrecita suya que no sólo los parió sino que contribuyó, miren ustedes, a la instauración, primeramente, de un régimen de machos haraganes e irresponsables y, en segundo lugar, a su perpetuación. Si las mujeres (mexicanas) son quienes nos educan no cabe más que preguntarnos por qué han promovido la infantilización colectiva y el reinado del varón avasallador…

Pero, en fin, volviendo al asunto de la superabundancia de profesiones en nuestra época —que no es otra cosa que la paralela sobreoferta de servicios derivada de una fabricación de necesidades artificiales promovida, a su vez, por el mercado—, resulta verdaderamente sorprendente la cantidad de ofrecimientos que recibimos: cursos, talleres, “retiros” (espirituales, dietéticos y gimnásticos), asesorías, terapias, etcétera, etcétera, etcétera. Y, todo esto, impartido y enseñado y dirigido y supervisado y vigilado y observado por los especialistas de turno, individuos que explotan, cada uno de ellos, su muy particular propuesta comercial.

Román Revueltas Retes/mileniodiario

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