Qué bueno ser mexicano, cuando juega la selección

Qué bueno ser mexicano, cuando juega la selección

David Toscana escribió aquí con su espléndida prosa que el futbol es un poco como las religiones: se puede sentir intensamente, pero no aguanta un cuestionamiento racional.

Mañana será otra vez día de futbol. Según José Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo, otro prosista delicioso de MILENIO, la final olímpica contra Brasil es el partido más importante para México desde aquella final de 1993 en la Copa América contra Argentina. Para quienes niños estuvimos en el Azteca una tarde lluviosa de octubre de 1968, cuando Japón nos ganó la medalla de bronce con un deprimente 2-0, el juego de mañana será también el primer capítulo firme del cambio de épocas.

Apunté aquí el 28 de junio de 2010, día siguiente de la derrota contra Argentina en el Mundial de Sudáfrica, que para la generación de 30 años y menores, libre de los traumas futboleros que cargamos los mayores, se había hecho un gran partido en Johannesburgo, y se dominó al que parecía ser el mejor equipo del mundo.

Javier Aguirre dijo en la rueda de prensa que en el futbol mexicano las cosas “se hacen muy bien”. Los viejos periodistas y los viejos aficionados le cayeron a palos. Al año siguiente, se ganó el Mundial Sub-17 y se ganó en varios otros torneos.

“Viene gente con hambre de cambiar”, se despidió Aguirre tras aquel encuentro que, también José Ramón dixit, era para marcar a una generación.

No la marcó, pero aquí estamos dos años después, con hambre. Apartemos, pues, los cuestionamientos racionales, huyamos de lo serio y seamos un poco felices, dos, tres horas. Porque, parafraseando a los argentinos, llegó el momento de clamar: qué bueno ser mexicano, cuando juega la selección.

Ciro Gómez Leyva/mileniodiario

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