Muslos de cisne en barbacoa

Muslos de cisne en barbacoa

Mi divagación de ayer sobre los cisnes, aves románticas que la tradición cultural ha idealizado, fue inducida por la lectura de unas páginas del dietario del escritor Adriano Sofri, de viaje por el delta Danubio, el mayor de Europa. Ubérrimo de flora y fauna, formidable refugio de pájaros vistosos. Un lugar privilegiado para los soberbios pelícanos o para los cisnes salvajes, pero inhóspito para las gentes que allí residen. Humedales de existencia penosa, patria de esforzados supervivientes. En el curso de una excursión por los canales, el chico que guía la barca de madera explica que, cuando el frío se acerca, no todos los cisnes se van. Los retoños y los viejos carecen de fuerza para volar (al parecer, los cisnes pesan bastante y el movimiento de sus alas exige una gran fuerza). Al llegar el invierno, algunas bocas del Danubio se congelan. No es infrecuente que los cisnes demasiado jóvenes y los ancianos queden atrapados en el hielo. “¿Y la gente no les ayuda?”, pregunta, sensible, una chica italiana, educada en una sociedad con más viandas que apetito. Contesta el guía, fríamente: con cuchillos, se acerca la gente del lugar a los cisnes. Cercena sus muslos. Las aves mueren congeladas y amputadas. Estremecedores cantos de cisne en el Danubio azul.

Con aquellos muslos congelados, los lugareños se dan un festín. Preparan una barbacoa, perfumando los muslos con salvia. O un guiso con puré de ciruelas. Si los cisnes son de tipo graso, cosa que ignoro, quizás conservan la carne de cisne en confit, como la de los patos del Midi francés. Es ciertamente angustioso imaginar los muslos del cisne de Zeus, congelados por el hielo, cercenados y guisados en cazuela. Es angustioso: no son precisamente de cuento, estas ancas de patito feo cortadas en vivo. “¿Está permitida la caza de cisnes?”, pregunta Adriano al guía. “No, pero todo el mundo los come”.

Hablábamos ayer de sacrificios rituales y del chivo expiatorio de la crisis. Pero estos muslos de cisne cortados fríamente en el Danubio nos hablan de un gesto brutal de supervivencia, no de un ritual simbólico (aunque no deja de ser una inquietante metáfora del tiempo actual que los cisnes atrapados y amputados en el hielo sean los más jóvenes y los más viejos).

Los famélicos comedores de muslos de cisne anticipan, quizás, el sentido del tiempo que se acerca. Caen los símbolos de una época que ha sublimado la violencia primitiva a través del cine, los videojuegos y la prensa. Y regresan, crudas y descarnadas, las manifestaciones brutales de la necesidad. Habrá que hacer un esfuerzo titánico para evitar que vuelva a tener razón Marco Antonio. En el Julio César de Shakespeare, recuerda que el mal de los hombres pervive siempre, mientras que el bien que han sembrado desaparece cuando llega su hora (o, como sucede ahora, cuando nos posee el miedo a la hora de la verdad).

ANTONI PUIGVERD/http://www.lavanguardia.com/opinion/articulos

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