México: muy buen futbol y… suerte

México: muy buen futbol y… suerte

Celebro, como todos nosotros, el triunfo de México. Pero permítanme ustedes ir un poco a contracorriente, estimados lectores.

El futbol, naturalmente, es un deporte que requiere de sacrificio, gran disciplina, espíritu de equipo, garra, pasión, talento, capacidad, rigor táctico e imaginación, entre otras tantas cosas. Y, todo esto lo tiene el equipo que ayer logró un triunfo histórico justamente en ese mismo escenario —el mítico estadio de Wembley— donde los antecesores de Oribe Peralta, Marco Fabián, Gio y los otros muchachos de la actual Selección Olímpica fueron bautizados, hace muchas décadas, como los “ratoncitos verdes” por algún comentarista británico no sobradamente amable.

Nuestra satisfacción de aficionados es enorme e inmensa también es la alegría de los propios jugadores. Y, para un país, como el nuestro, que parece solazarse en la autodenigración y redoblar por principio la nota del catastrofismo (miren, si no, los negros escenarios que pintan las fuerzas de la oposición y los descomunales yerros que le atribuyen al actual presidente de la República), este jubiloso encuentro con el éxito viene siendo un acicate de auténticas dimensiones nacionales, una especie de gran espejo donde, ahora sí, podemos mirarnos bajo la luz del triunfo. De pronto, somos una gran comunidad de ganadores simbolizada por un equipo de jóvenes que saben cómo hacer las cosas y que ya no se arrugan ni cuando se plantan ante el más pintado. La jornada que vivimos el domingo es, en este sentido, inolvidable.

Ahora bien, lo que traigo un poco atravesado —sabiendo que así es el futbol y que lo que realmente cuenta son los resultados (y recordando, además, que, a diferencia de lo que hizo México ayer en la cancha de Wembley, muchas otras veces hemos “jugado como nunca y perdido como siempre”)— lo que traigo un poco atravesado, repito, es el gol de Brasil y, sobre todo, que, pasado apenas un minuto de haberlo anotado, la Verde-Amarela hubiera tenido un gol cantado en su haber. Ese balón que falló Oscar era el segundo gol de la Canarinha, señoras y señores. Y, entonces, la historia hubiera sido muy diferente.

La suerte, como he dicho en otras ocasiones, es absolutamente decisiva en el futbol. Ayer, estuvo de nuestro lado.

Román Revueltas/mileniodiario

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