Lo más parecido a Dios

Por: Andrés Ortega

Lo más parecido a Dios

 “Es lo más parecido a Dios”, me dijo un amigo. “Efectivamente”, le contesté, “está en todas partes, lo sabe todo, y lo sabe todo de todos. Pero lo que no se sabe es si realmente sabe que lo sabe”. Estábamos hablando de Google.

No hace mucho, en 2006, la revistaTime publicaba  una entrevista con Douglas Coupland, autor de la novela JPod, en la que se comparaba a Dios con Google. No era Google el Dios, sino el ser humano, al sentirse así tras un uso intensivo del buscador. Es verdad que cada vez más, en las conversaciones en cenas o en cafés, echamos uso del móvil para dirimir a través de Google una duda o una disputa sobre un dato. Google se ha convertido en una extensión de nuestras mentes.

De ahí que ahora la empresa proponga un suplemento a nuestras gafas (Project Glass) que nos traerían a Google, y a toda la web, ante nuestros ojos de forma casi instantánea, como hizo a finales de junio en la presentación Sergey Brin, co-fundador de la empresa. El género ciberpunk hace tiempo que contempla implantes en el cerebro, que, ¿por qué no?, nos permitieran buscar en Google y en cualquier sitio de la Red que para entonces se habrá transformado, pues pese al cambio que ha supuesto, ese mundo creado por el ser humano está aún en su más tierna infancia.

Claro que puede envenenar nuestra vida, incluídas nuestras relaciones sentimentales como muestra este video anticipatorio.

Pero de lo que hablamos no del ser humano. Sino de que lo más parecido a Dios que nos podemos encontrar es Google, que, por otra parte, tampoco -como se supone de Dios, aunque algunos lo consideren “padre”- tiene género. Sin embargo, Google no crea, sino que une. Decir que todo el conocimiento humano está en la Red, y por tanto al alcance de Google, es un lugar común, aunque falso. No está todo, y hay conocimientos que pueden no resultar transmisibles por esta vía. Pero es verdad que hay mucho. También errores. Pues este Dios puede equivocarse (quizás el otro, si existe, también ). Y pese a su imagen etérea, Google tiene una base muy física, pues se sustenta sobre átomos y electrones. De hecho los potentes ordenadores de Google no son ninguna nube, sino que están muy en tierra, esencialmente en EE UU (una cuestión de control), y consumen mucha electricidad.
Lo que resulta cada vez cada vez más útil, y preocupante, es que Google sepa de forma creciente más sobre cada uno de nosotros. Que al utilizar el Gmail (el servicio de correo electrónico de Google) salga un anuncio que tiene que ver con el correo confidencial que estamos leyendo, o la búsqueda que hemos realizado, o que, por ejemplo, Amazon, tras haber comprado algunos títulos (¿hay que seguir llamándolos libros?) nos recomiende otros que, efectivamente nos atraen, ya no nos sorprende. Saben no ya lo queremos, sino incluso lo que no sabemos (todavía) que queremos. Es más peligroso.Afortunadamente, Google no es nadie, sino un algoritmo o una serie de algoritmos, pero alguien puede tener acceso a sus datos.

Google, que tanto ha avanzado en todos los ámbitos (Android, Chrome, etc.), no considera aún necesario cambiar su misión fundacional, la de “organizar la información del mundo y hacerla de acceso universal y útil” (con un sistema de ingresos que funciona allá donde otros han fracasado, claro). Y, así, una empresa privada se ha convertido en un bien común global.

No es sólo Google. El móvil ha supuesto otra revolución, o una dimensión dentro de la revolución general. Pero ha dejado de ser un simple teléfono. Ya es nuestro rastreador. No es que nos sirva para rastrear algo, sino que es el aparato el que nos rastrea: dónde estamos, lo que compramos, etc. Datos que pueden servir para fines comerciales y también policiales. O para revenderlos, como se ha destapado.

Es más, como indicaba un reportaje en The New York Times que planteaba esta idea, las nuevas investigaciones sugieren que al cruzar las referencias de los datos geográficos de una persona con la de sus amigos, es posible predecir cuáles van a ser sus movimientos siguientes con mucha mayor precisión. Por cierto, que  el uso como teléfono, para hacer llamadas, de los móviles inteligentes llega solo en quinto lugar, al menos en EE UU, tras la navegación por la Red, los foros sociales, los juegos y la música. Pero todas estas preferencias pueden acabar quedando registradas sin que, a diferencia de Facebook (un dios menor), lo queramos. Y ÉL lo sabe.

http://blogs.elpais.com/luces-largas

Deja un comentario